Capítulo 1
Contrastes
El Ángel Trovador amarró a puerto sin complicaciones. La experimentada tripulación comenzó los preparativos para descargar toda la mercancía y el capitán se dirigió a la intendencia portuaria a realizar las gestiones pertinentes, no sin antes instar a todos los pasajeros a que bajaran los antes posible. Los agentes portuarios inspeccionarían el barco antes de que la mercancía pudiera comenzar a descargarse, les dijo, asique para los pasajeros la travesía terminaba aquí, les dedicó un saludo, tocándose el ala del sombrero y desapareció entre la multitud de los muelles.
Los muelles del puerto de Calimport eran amplios y se prolongaban cientos de metros desde el empedrado, como unos largos colmillos de madera vieja que intentaban morder el mar, la ciudad-estado parecía atrapar, como una bestia hambrienta y despiadada todos los barcos que cruzaban. Barcos de todo tipo y tamaño se amarraban a ellos, y muchos más esperaban para atracar, la gran ciudad albergaba uno de los puertos comerciales más importantes, si no el que más de todos los mares a este lado de Faerûn. Desde el Mar de las Espadas era puerta de acceso al Mar Brillante y al gran lago de Vapor, y por tanto, al interior del continente. Una parada obligatoria para todo aquel que pretendiera comerciar por mar en esta parte del mundo.
Los Pachas, que formaban la oligarquía mercantil gobernante, habían sabido jugar bien sus cartas durante años, entre intriga e intriga, y aprovecharse de ello. Las cúpulas de Calimport relucían en oro y cual espejos brillantes mostraban orgullosas y sin modestia la opulencia de la ciudad. Sin embargo, la pobreza parecía atestar las calles, pronto se dieron cuenta de que los contrastes eran una de las características más insignes de la ciudad. Y que si bien el oro, sí, relucía, no para todos de la misma manera.
Resulta que habían atracado en uno de los muelles más largos, asique tuvieron que andar un buen rato hasta llegar a puerto. En su caminata por los anchos tablones de madera tuvieron que evitar, empujar y escurrirse entre todos los marineros, transeúntes y mercancías en perpetuo movimiento. Era un lugar que bullía de actividad, la brisa marina fue sustituida por el calor sofocante y el olor a salitre por el de humanidad. Según se acercaban al empedrado portuario la ciudad se hacía más y más grande, jamás habían visto nada igual, no se habían dado cuenta de lo gigantesca que era hasta que esta las había abrazado. A su paso admiraron asombradas como cada esquina rezumaba magia, en Calimport la taumaturgia estaba presente hasta en las actividades más cotidianas y mundanas, nadie se sorprendía por ello y se usaba como una herramienta más; magos sin túnica y ataviados como marineros hacían levitar la mercancía desde las cubiertas de los barcos a los carromatos, los intendentes entraban a las bodegas de los navíos con lámparas de fuego azul y plumas que escribían solas en pergaminos flotantes, y ya en puerto también divisaron prestidigitadores y truhanes de todo tipo que usaban las artes arcanas con sutileza.
La mayoría de los ciudadanos eran humanos, aunque también habían podido distinguir semi-elfos, algún semi-orco ayudando con las mercancías más pesadas y otras diversas especies humanoides. Todo parecía indicar que la población de la ciudad era una completa mezcla de colores y formas, lo que probablemente las haría pasar inadvertidas, como simples y comunes ciudadanas más. Los animales y bestias, para ellas, la mayoría exóticos, eran tan frecuentes como en cualquier otra gran ciudad, algunos eran parte de la mercancía y otros ayudaban con ella como bestias de carga. Era un lugar donde nada ni nadie yacía ocioso. El perenne crujir de la madera y el clamor de la muchedumbre se solapaba con los gritos de los contramaestres, los mercaderes y los rugidos y bramidos de las bestias.
-Esto está abarrotado de gente –susurro Lye-, y hay mucho ruido. ¿Podemos salir de aquí?
-¿qué dices? -gritó Val-, no te oigo, hay mucho ruido.
-¿Dónde está Ihne?
-¿Y mi laúd? – Val se palpó la espalda, comprobando que tanto laúd como morral estaban en su sitio-, no puedo permitirme perderlo otra vez.
-No veo a Ihne –alguien con prisa le dio un empujón por detrás. Un exabrupto provino de ese alguien, abriendo camino y tirando a su paso uno de los adornos que Lye llevaba atados a su cabello, un pequeño trozo de madera moldeado para asemejarse a la hojarasca de un arce. Se agachó para recuperarlo lo antes posible, y volvió a ajustarlo sin problemas a su trenza. La filigrana, ya vieja, algo desgastada y pálida, contrastaba con el color cobre intenso de su pelo, que crecía entre sus cuernos y caía lacio y trenzado, ofreciendo tonos propios de un lago tranquilo a la hora del crepúsculo.
Lye también comprobaba que no hubiera perdido nada, o que nadie se lo hubiera robado. Miraron alrededor, tres pasos en tierra firme y ya habían perdido a una de las componentes del grupo.
-A ver –Val hizo un gesto incitando a la calma-, una muchacha pálida, delgaducha y de pelo oscuro. No deberíamos tener dificultades para encontrarla, aun entre toda esta gente. Vamos hacia allí -Señaló un lugar del puerto algo más alto, al que se accedía por unas anchas escaleras.
Al moverse hacia el lugar recibieron una mezcla de ignorancia y atención a partes iguales, todo el mundo parecía estar demasiado ocupado haciendo algo, pero a la vez eran importunadas por mercaderes intentando venderles la mejor oferta del siglo o pordioseros que les mendigaban y las seguían durante metros. Desgraciadamente ahora no disponían del dinero ni del tiempo, comprendieron que, si se paraban a cada petición, pronto se quedarían sin lo uno y sin lo otro. Enseguida llegaron a las escaleras y subieron. Desde el piso, algo más elevado, podían ver casi todo el puerto. Se extendía curvándose a lo largo hasta que abarcaba la vista, perfilando toda la costa sur de Calimport. Después del empedrado, calles se escurrían entre hileras de edificaciones de todo tipo, y más allá las altas y blancas murallas, serpenteando, lo cerraban al norte, separándolo de los otros distritos de la ciudad. Varios arcos enormes se abrían cada cierto número de metros, haciendo las veces de puertas gigantescas, coronados por almenas y matacanes, asemejando centinelas reales que controlaban el paso. Todos los rastrillos estaban subidos y los guardias patrullaban con calma o se apoyaban en la pared, secándose el sudor de la frente bajo sus yelmos. Parecía como si su presencia fuera suficiente para evitar cualquier crimen o, por el contrario, que solo estuvieran ahí por si sucedía algo realmente grave, como si la perpetración de un crimen menor no fuera motivo de preocupación o responsabilidad suya. Quizás Calimport funcionaba de otra manera, era conocido que el arte del latrocinio no era desdeñado aquí y, en medida tácita, se consideraba una habilidad resolutiva y que se solía tener en alta estima.
Las dos pusieron sus manos como visera para intentar localizar a su compañera extraviada, observaron la muchedumbre, buscándola, y a la vez confirmando algo de lo que habían estado percatándose nada más llegar; no todos los que trabajaban eran trabajadores, algunos caminaban engrilletados o alguien con capacidad de mando sobre ellos los comandaba tratándolos como bestias más que como personas. Parecía ser que no todo el mundo en Calimport tenía el estatus de persona, parecía que algunos eran considerados poco más que herramientas o mercancía. Se preguntaron que sería peor, la mendicidad o la esclavitud, las dos parecían callejones sin salida. No supieron responder a la pregunta. Incluso en una ciudad con todo el oro y la magia del mundo, para algunos la vida seguía siendo miserable. Escucharon un grito corto y seco, alguien las llamaba. Era Ihne, se acercaba a ellas caminando con brío.
-¿Dónde os habíais metido? -preguntó-, me he separado un momento y os he perdido de vista, menudo ambiente hay aquí.
-¿Dónde nos hemos metido, nosotras? – casi dijeron al unísono. Respiraron aliviadas y las tres se dieron un abrazo.
-Será mejor que avisemos si nos separamos, esta ciudad es enorme –propuso Lye.
-Es que había una piedra mal colocada.
-Una… ¿piedra mal colocada? -Lye no solo no parecía confundida, lo estaba.
-Sí -Ihne se abanicaba la cara-, nada más pisar puerto la he visto, en la playa debajo de los muelles, una piedra mal colocada, he tenido que bajar a la arena e ir a colocarla. Pero bueno, ya está, todo bien. Ha bastado con girarla unos grados, eso sí, mis zapatos están llenos de barro. Qué calor.
Decidieron no preguntar más. Ihne tenía una forma de ver la vida algo más excéntrica de lo normal, ya la habían ido conociendo.
-Siento como que todo me desaparece constantemente y me vuelve a la vez, todo el mundo me toca y todo me pica –Lye farfullaba.
-Deberíamos ir a un sitio más tranquilo. Necesitamos un lugar donde dormir esta noche y tenemos que ir preguntando cómo encontrar el Jardín Helado –Ihne señaló su morral, donde guardaba el pergamino.
-Oh, sí, Jardín Helado, que bien suena ese nombre -comentó Val-. Por las nalgas de Timora que estoy deseando llegar y tomar algo. Suena a que será como una taberna o algo, ¿verdad?
-Yo solo quiero transformarme en un ratoncillo y meterme en un hoyo fresco y acogedor –Lye cerró sus escamosos puños y los juntó con su hocico, en un gesto retraído. Sus ojos asomaban por encima.
Después de que Ihne limpiara sus zapatos, decidieron adentrarse en las callejuelas y buscar un sitio donde poder trazar un plan tranquilamente. Se perdieron por las distintas calles y avenidas de Calimport, explorándolas y a la vez evitando las arterias y callejones que les parecieron más oscuros o sospechosos. En su caminar por el distrito portuario vieron incontables tabernas, desde la más mugrienta llena de borrachos hasta posadas de varios pisos que ofrecían todo tipo de servicios, Val se imaginaba tocando en cada una de ellas. También vieron establecimientos de todo tipo de bienes; infinitud de comida y dulces diferentes, ropa de todos los colores imaginables, muebles a cada cual más extraño, algunos hasta se movían y saltaban, armas comunes y mágicas, utensilios de oficio, joyas y gemas brillantes, y hasta animales domésticos y tan exóticos e indefinibles para ellas como lo pudiera ser un ente de los planos exteriores. Las avenidas donde se situaban los mercados solían, también, estar abarrotadas y llenas de ruido, el comercio no era tan simple como un acuerdo o transacción, era un arte, y el arte, en su infinidad de miradas subjetivas, requería discutirse. No había compra sin regateo.
Siguieron caminando, sintiendo una mezcla de asombro y recelo a cada esquina que doblaban, titubeando entre seguir o cambiar de dirección, pero impulsadas por una curiosidad que se satisfacía con cada nuevo descubrimiento. Aprovechaban siempre que podían para indagar y preguntar acerca del Jardín Helado, no habían tenido suerte, la gente ignoraba por completo el establecimiento, y los pocos que parecían conocer algo, miraban con recelo el papel y no soltaban prenda. Cuando llegaron a una de las plazas centrales del distrito, uno de los establecimientos las sorprendió, aun habiendo visto todo lo que habían visto ya. En un pedestal rectangular de madera, en la zona central, tres individuos permanecían de pie, inmóviles, sus manos y tobillos engrilletados. Varias personas algo mejor vestidas que la mayoría gritaban cifras, intentaban comprar a los individuos en una subasta macabra. Salieron de la plaza.
En una de las calles por fin encontraron un lugar en que sentarse tranquilamente durante un rato, antes de haber tenido que echarse a un lado para dejar pasar a un elefante que avanzaba lentamente portando un palanquín en el que viajaba un atusado noble. Situado al final de la calle, el lugar rozaba la descripción de sucio antro. Pero les había parecido apropiado, ya que al menos no había una banda de marineros borrachos en su interior, nadie se peleaba fuera ni varios encapuchados se paraban delante trapicheando y jugando con cuchillos. Calimport también podía alojar lugares normales, parecía.
Un mendigo se postraba al lado de la puerta abierta, después de cada una de las maravillas e injusticias que habían visto en la ciudad, pensaron que al menos quizá podían ayudar a algunos. Val abrió la bolsa que llevaba atada a su cinturón y extrajo un par monedas, iba a dárselas cuando el propietario del antro, con el acento propio de la ciudad, gritó desde dentro “¡No le deis nada! Que después vienen más”. Val hizo caso omiso y puso las monedas en las manos del pordiosero, este lo agradeció con una mirada amable y una inclinación de cabeza. Decidieron entrar a pesar de todo y pedir algo para beber, necesitaban sentarse ya y aclarar sus ideas. Solo una mesa más estaba ocupada, una pareja conversaba con un tono de voz bajo, la iluminación era tenue, era un sitio tranquilo, una bocanada de aire en la asfixiante urbe. El paseo por la ciudad no había dado ningún fruto más allá de conocer el lugar un poco mejor, no pensaban que el Jardín Helado estuviera en este distrito, de la palmera azul, ni rastro. Un trapo volador se acercó a ellas, con una de sus esquinas señaló la mesa, después de que Val quitara sus pies de ella, se posó encima a modo de mantel. Varias tazas, cucharillas, un azucarero y una bandeja con pastas lo siguieron levitando y posándose con cuidado en la mesa. Era indudablemente extraño para ellas que un lugar de tan baja categoría dispusiera de tal uso de la magia. El hombre se acercó al poco rato, de aspecto mal alimentado, traía una tetera humeante agarrada con un paño, comenzó a verter el té caliente en cada una de las tazas, el vapor transportó distintos aromas hasta sus narices, Lye pudo distinguir casi todas las especies que lo componían, pero una, o quizá dos de ellas se le escaparon. Algo nuevo en cada rincón, pensó.
-Nuestros clientes merecen el mejor servicio -dijo el hombre, con una sonrisa que les resultó fingida, ellas lo miraron-, eso, y que -chasqueó la lengua-, la levitación falla a veces y se vierte el té -una risita nerviosa siguió.
Val comenzó a beberlo inmediatamente, vacío la taza de un trago y la puso en la mesa con un golpecito. El hombre la miró sorprendiéndose de que no se hubiera escaldado la garganta, pero su sorpresa se desvaneció al instante cuando se fijó en ella, la tez rojiza y los dos cuernos, uno partido, le indicaron que la sangre de la mujer estaba mezclada con seres de los planos inferiores. “Qué desagradable, tiraré la taza, no vaya a ser…”, pensó. Había oído que resistían bastante bien el calor e incluso las quemaduras, sin perder un segundo y con una amplia sonrisa volvió a llenar su taza.
-Oiga, ¿podría ayudarnos con algo? -Ihne bebía a sorbitos, hacia calor, pero el té le estaba sentando bien-. Necesitamos… encontrar un lugar -extrajo el papel, no sin antes mirar de soslayo a sus compañeras y recibir una silenciosa aprobación.
Enseñó el papel al tabernero, este comenzó a leer y levantó una ceja. Después extendió la mano, en un gesto del cual pronto habían aprendido su significado. Resignándose, Ihne rebuscó y puso seis monedas de plata en la mano del hombre, que después de un rápido vistazo las guardó al instante.
-¿La familia Nadana ha perdido una gema de linaje? -preguntó casi para sí mismo, con un tono de voz cerca del susurro-. ¿Dónde habéis encontrado esto?
-Lo encontramos en la pared de uno de los consistorios de Aguasprofundas, rodeado de decenas de ofertas de trabajo, nada fuera de lo normal.
-¿Tan lejos? ¿Habéis venido desde Aguasprofundas por esto? Desde luego ese es el sello de la casa Nadana, de eso no hay duda. Pero nunca he visto uno de estos pergaminos por aquí, en el distrito portuario no los reparten, de eso estoy seguro -dejó la tetera en la mesa-, supongo que no querrán que la chusma se inmiscuya. Una gema de linaje, divino Calím, si alguna de las cofradías de ladrones la encontrase… no la soltarían ni por todo el oro que cubre la cúpula de palacio. Ya podéis esconder eso bien si no queréis problemas –las tres se echaron una mirada rápida, poco les había faltado para que Ihne lo llevara pegado en la frente.
-Espera –Ihne prosiguió-, ¿estás diciendo que la familia Nadana, la cual forma parte del gobierno, no quiere que los ladrones de su ciudad encuentren la gema? Pero eso sería bueno ¿no?, quiero decir, habrían encontrado la gema después de todo. En cuanto el gobierno se enterara solo tendrían que… recuperarla, no creo que sea tan difícil requisarles algo a los ladrones de tu propia ciudad ¿sí?
-Aquí las cosas no funcionan de una manera tan simple niña, se nota que sois de fuera. -Miró a los lados discretamente-, las cofradías de ladrones más importantes, esto se sabe –se acercó a la mesa-, pertenecen a los Pachás, y las que no, trabajan para cofradías que pertenecen a los Pachás.
-Dices que –Lye intervino, asqueada-, el propio gobierno roba a su pueblo, sistemáticamente.
-En resumidas cuentas, sí -encogió los hombros-, es otra manera de controlarlos. Asique, si una de las familias de uno de los otros Pachás encontrara la gema… bueno, digamos que tendrían un as en la manga muy grande a la hora de negociar con la familia Nadana, es un punto débil para ella.
-¿Para quién? -inquirió Ihne.
-Para la matriarca de la familia Nadana, y ya he hablado demasiado.
-Pero si no nos has dicho nada. -Val dio una palmada en la mesa-, ¿Dónde está el Jardín Helado?
-Shhh, ¡habla más bajo! No sé dónde está el jardín Helado, pero en el distrito portuario seguro que no. Y por lo que he oído del lugar, no es el sitio más apropiado para tres jóvenes extranjeras -echó una mirada a las tres-, o quizá sí, no se. Pero lo que es seguro es que no quiero tener nada que ver con los trapicheos de la familia Nadana. Serán dos monedas de plata y cuatro de cobre.
Las tres lo miraron con la boca abierta, después de lo que le habían pagado por la información, aun pretendía cobrarles.
Salieron del antro escupiendo veneno. Lye literalmente. Acordaron moverse a los distritos interiores de la ciudad, incluso intentar explorar los más acaudalados y nobles. Se adentraron cada vez más en la urbe, ahora intentando preguntar de una manera algo más discreta y sobre todo sin airear el papel. Compraron algo de comer, evitaron a un faquir vestido únicamente con un taparrabos que las llamaba incesantemente y proclamaba conocer su futuro, discutieron con algún que otro guardia y en cuanto a su cometido, indagaron todo lo que pudieron, pero aún seguían sin tener un hilo de el que tirar.
Atardecía, el calor las iba asfixiando cada vez más, sus pies estaban llenos de polvo y estaban a punto de buscar otro lugar donde descansar sus cansadas piernas en cuanto Lye vio por el rabillo del ojo al elefante que habían evitado antes de entrar al antro, cerca de un almacén. El palanquín ahora estaba vacío y el noble caminaba nervioso de un lado a otro, esperando algo. En el momento en el que el noble se paró detrás del elefante a lo que parecía, mantener una discusión con sus sirvientes, Lye aprovechó la oportunidad, hizo un gesto a Val e Ihne para que esperaran y se acercó al elefante, estas asintieron intrigadas. Estaban hartas de preguntar a personas, quizá los animales supieran algo, después de todo, seguro que el elefante había recorrido gran parte de las calles de la ciudad. Estableció contacto visual con él y enseguida pudo colocar la mano sobre su trompa.
-¿Qué tal estás? -Lye inició la conversación con amabilidad.
El elefante la miró con uno de sus grandes ojos, al instante sintió un vínculo con ella.
-Algo cansado, pero bien. -Su voz resonó grave y lenta en su mente, traducida mediante sus artes druídicas.
-¿Cómo te llamas?
-No creo que puedas pronunciar mi nombre real –barritó de una manera concreta, Lye intuyó que era su nombre, y no, no podía pronunciarlo-. Puedes llamarme Baldomero.
En la experiencia de Lye, no todos los animales entendían el mundo de la misma manera y variaba mucho de especie a especie y de individuo a individuo. Intuía que un elefante debería ser un animal algo más inteligente y sabio que la media, tranquilo, no tan instintivo, con memoria y capacidad para mantener una conversación y articular frases largas. En su conversación, comprobó que Baldomero era todo eso y además poseía un carácter ingenuo, era joven. Val e Ihne miraban desde lejos, parecía que Lye tenía controlada la situación.
-No te dejan descansar ¿verdad? ¿necesitas algo?
-Sí. No he podido hacer mis necesidades en todo el día, el amo no ha llevado a Baldomero al sitio aún.
Lye creía que no podía ayudar con eso, miro al noble, seguía abroncando a alguien. O sí.
-¿Te trata mal?
-No. Amo bueno, pero a veces se enfada mucho. Hoy, por ejemplo.
-Quizás… puedas hacer tus necesidades ahora, si tienes tantas ganas.
-¿Aquí? -si los elefantes pudieran sonrojarse, lo habría hecho-, imposible.
-Creo que, si tu amo te ha tenido tan descuidado durante todo el día, no puede esperar a que estes aguantándote.
-Algo ha pasado hoy, normalmente Baldomero no pasa tanto tiempo en las calles.
-¿Hablado de calle? ¿podrías ayudarme con algo? Estoy buscando un lugar. -Baldomero movió la cabeza, parecía asentir-. Es un sitio llamado “El Jardín Helado” y creo que el símbolo de una palmera azul indica donde está el lugar.
-Baldomero recuerda una palmera azul.
-¿Sí? -Lye intentó ocultar su alegría para no llamar la atención, pero quería dar saltos- ¿y donde la has visto?
-El amo ha ido alguna vez y ha llevado a Baldomero. Barrio oler distinto, no gustar a Baldomero. Amos llevar muchos brillantes allí.
-¿Está en el barrio noble?
-Sí, creo. Pero está escondido. Para Baldomero es difícil llegar hasta allí, las calles son estrechas. El amo siempre lo deja en la plaza de al lado.
-¿La plaza de al lado? ¿Recuerdas como los amos llaman a esa plaza?
-No
-Vaya…
-Pero hay una estatua, dorada y azul. Peces que saltan y echan agua, también tritones. Baldomero bebe de esa agua muchas veces. Agua estar muy limpia.
-Gracias –Lye acercó su cara a la trompa y acarició al animal. Se le ocurrió una idea-. Baldomero, da dos pasitos atrás.
El elefante, acostumbrado a obedecer, no dudo en hacerlo.
-Baldomero –el elefante la miró-, puedes hacer tus necesidades ahora, no hay problema.
-¿Sí? -su gran ojo expresó agobio por un instante, al momento se transformó en desahogo.
-Claro que sí, tranquilo. -Lye pensaba defender al animal con uñas y dientes si hacía falta.
Sucedió en un instante. Los gritos de su noble amo, mientras sacudía los excrementos de su lustrosa vestimenta resonaron por toda la plaza, “¡Baldomero!” gritó e iba pronunciar algo más, pero un chorro de orín le regó la cara, escupiendo y balbuceando, comenzó a tener arcadas. Val e Ihne miraban con los ojos como platos, riendo a carcajadas.
-No debería tener al animal sin descanso –lo reprendió Lye, como si pasara por allí casualmente-, mi noble señor.
-Y tú qué sabrás sobre los animales –seguía sacudiéndose mierda de la ropa.
Lye miró la ropa del hombre, emponzoñada.
-Espero que valore más este animal que sus ropajes, le aseguro que es más noble que usted.
-Quien te ha enseñado a hablarle así a un noble, bruja ¿Sabes quién soy?
-No me interesa. Ya me iba, de todas formas. Espero que lo cuide mejor a partir de ahora.
-Pues fuera de aquí, deja de incordiar –se volvió hacia sus sirvientes-, y vosotros ¿de que os reis? Corred a casa ahora mismo y traedme una toga limpia a menos que queráis que os azote hasta que la mierda desaparezca de mi ropa por arte de magia. -Los dos muchachos salieron pitando. El noble extrajo una varita y conjuró un bol de agua, se lavó la cara y después miró su ropa-, cincuenta monedas de oro, seda del mismo Mar de las estrellas. Maldito animal, vas estar unos días sin cítricos ¿cómo no has podido controlarte?
Lye se reunió con sus compañeras, que la esperaban limpiándose las lágrimas, y transmitió las buenas noticias. Parecía que por fin tenían un hilo de el que tirar, el barrio noble, la plaza con la fuente de los peces.
Continuaron, pero desde el punto de la ciudad en el que se encontraban no podían localizar en que dirección se encontraría el distrito noble, o Gran Distrito, como habían averiguado que lo llamaban. Los últimos rayos de sol ya acariciaban las cúpulas de los edificios y con la información que habían recaudado se sentían más que satisfechas, después de todo, el día había resultado de provecho. Caminaban para encontrar sitio donde pasar la noche tranquilamente, desde luego, no en el distrito portuario, cuando Ihne se paró de golpe. Había sentido algo, sin saber definir qué, se llevó la mano a su morral, de manera instintiva la introdujo para ver si todo estaba en orden. Val y Lye la miraron despreocupadas, “¿otra piedra mal colocada?” preguntó Val y comenzó a jugar con las cuerdas de su laúd, pensando que se trataría de otra de las pintorescas ocurrencias de su compañera. Hasta que vieron como comenzaba a rebuscar frenéticamente en el morral. Lye frunció el ceño.
-¿Ocurre algo Ihne? -dijo.
-El papel –dijo nerviosa-, el papiro, no lo encuentro. He sentido algo, no sé muy bien el que, pero tenía que comprobar que todo estaba su sitio, y claramente no está. ¡Me lo han robado!
-¿Y si se te ha caído? Volvamos a la plaza.
-No, no, me han robado –Ihne miró al cielo de manera instintiva, no veía su estrella. Su desasosiego aumentó.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque también me faltan todas mis monedas –dijo en un sollozo.
-Mierda -masculló Val, que agarró su laúd con fuerza-. ¿Cómo no nos hemos dado cuenta? -Miró alrededor rápidamente intentando buscar al perpetrador.
Las tres se pusieron alerta. Fue Ihne, otra vez, la que, al sentir como un hilo invisible tiraba de su mejilla derecha, un tic, giró la cabeza y vio algo. A lo lejos, una pequeña cola escamosa se escurría hacia un callejón.
-¡Allí! -dijo-, allí, allí -señaló con el dedo- y salió corriendo hacia el callejón. Val y Lye se miraron y la siguieron.
Al doblar la esquina vio como un ser pequeño se alejaba por el sucio y oscuro callejón. Miró a sus compañeras, que venían a la zaga y señaló en callejón.
-¡Va por ahí! -al volver la cabeza el pequeño ser la miraba, sus ojos eran grandes y relucían en la penumbra, escamoso y escuálido, no levantaría más de un metro del suelo sobre todo en la postura que tenía, algo encorvada. No tardó ni un segundo en salir corriendo como alma que lleva el diablo.
Ihne se adentró en el callejón a toda prisa con Lye pisándole los talones. Val decidió dar un rodeo, para flanquear al ladrón.
El raquítico ser se alejaba deprisa a pesar de sus pequeñas piernas, las movía muy rápido y su agilidad era felina, iba inclinado hacia delante usando su cola como contrapeso. Salió del callejón por la izquierda entrando en una estrechez entre dos casas. Ihne paró de golpe y se introdujo en ella gruñendo, con algo de dificultad. Vieron como la lagartija humanoide salía a la calle principal.
-¡Ven aquí maldita rata! -gritó Val al verlo asomar a la calle y redobló los esfuerzos.
El ser pegó un brinco y comenzó a correr en dirección opuesta a Val, escurriéndose entre el gentío. Val no lo perdió de vista y lo siguió, casi alcanzándolo y agarrándolo de la cola antes de que se escurriera por debajo de un carromato, rodeó el carro tirando un jarrón de cerámica, pidió perdón a la mujer que le gritaba antes de continuar con la persecución. Vio cómo doblaba por una calle menos concurrida. “Tú lo has querido” pensó, y agarró su laúd. Cantó los versos de un conjuró mientras jadeaba y cargó las cuerdas del instrumento de magia, corrió hacia la calle, a la entrada de esta derrapó en la arena y rasgó las cuerdas con fuerza, pronunciando la última palabra del verso de la canción, las fuerzas mágicas se desataron y un hilo de energía sónica salió siseando como un rayo hacia delante, el hilo adelantó al ladrón y causó una explosión de sonido delante de él, una fuerza invisible que empujó el aire de manera muy violenta, las ventanas cercanas estallaron y un puesto de comida acabó reventado a causa de la fuerza sónica, la onda y el sonido estridente hicieron que el ser tuviera que hacerse un ovillo y taparse los oídos. Val se echó encima de él y lo agarró, sus brazos eran delgados y se retorcía como una lagartija, todo su cuerpo estaba cubierto de escamas rojizas que amarilleaban en su abdomen, tenía una boca puntiaguda con colmillos afilados como las de una cría de cocodrilo. Val supo identificarlo, era un kobold. No dejaba de retorcerse y con tanta sacudida consiguió liberarse de la presa de Val, se escurrió entre sus piernas y corrió otra vez. “Mierda” maculó, a la vez que continuaba la persecución.
Al salir de la calle vio a Ihne y Lye, “va por allí”, les indicó. Siguieron corriendo detrás del kobold, evitando cada obstáculo; animales, gente, mobiliario. No ganaban ventaja, pero se las arreglaban para no perderlo de vista. Lye lanzó una ráfaga de viento que tiró varias jaulas de mimbre hacia el ladrón, tapando una calle y haciéndolo cambiar otra vez de dirección, no consiguieron ganar ventaja, pero al menos un montón de pequeños animales escaparon chirriando en todas direcciones.
Val seguía tomando la delantera y se centraba sobre todo en no perderlo de vista, cada vez que giraba por una esquina se concentraba en localizar por donde se había escabullido. Después de haber cruzado y girado por un número de calles que ya no llegaba a recordar, en el siguiente callejón lo vio a lo lejos, parado y jadeando. Sin pensarlo se lanzó otra vez sobre él, esta vez, con una cuerda en las manos. Lo atrapó y lo aplastó contra el suelo, no opuso resistencia. Con la cuerda, que llevaba atada a su cinturón, amarró una de sus extremidades.
Mientras lo ataba iba a expresarle lo contenta que estaba de haberlo atrapado por fin, lo mucho que lo odiaba y lo que iba disfrutar haciéndolo sufrir cuando lo llevara como mono de feria en sus futuras actuaciones, cuando escuchó una voz femenina, que, curiosamente no era ni la de Lye ni la de Ihne.
-¿Qué te ha pasado en el cuerno?
La pregunta la sorprendió, venia desde detrás suya.
-¿A ti que coño te imp… -su respuesta quedó interrumpida cuando sintió una afilada y fría hoja en su garganta- …porta? -Se percató de que, salvo ellos tres, no había nadie más en el callejón, oscurecía. “Oh, mierda” pensó.
El cuchillo pinchó debajo de su mandíbula, e hizo que se levantara, el kobold se deshizo de la cuerda en un segundo y se alejó rápidamente por el callejón, vio como giraba la esquina a lo lejos, el truhan la miró una única vez más con sus grandes ojos, después lo perdió de vista. Al instante vio como un la sombra de un hombre avanzaba por el callejón hacia ella. La mujer comenzó a quitarle a Val todo lo que llevaba.
-El laúd no, por favor.
-Pero si es precioso. Sacaremos una buena cantidad por el, seguro.
Escuchó un grito ahogado, sabía que eran Ihne y Lye.
-¡Corred!¡llamad a la guardia! -consiguió decir antes de que la atracadora le tapara la boca.
En cuanto quisieron darse cuenta, dos matones más saltaron al callejón desde una de las ventanas aledañas detrás de ellas. “Vamos”, las empujaron hacia el callejón, “y las manos quieras o vuestra amiga no volverá a cantar”. Uno de ellos agarró a Lye, que forcejeó dando codazos.
-Esta es una salvaje, -el maleante reía-, que pasa, ¿vas a morderme como una perra rabiosa? -le susurró al oído. “Pues igual sí” pensó Lye, pero se obligó a tranquilizarse al ver como Val levantaba la cabeza debido a que el cuchillo se clavaba más en su cuello.
-Estaros quietecitas –dijo el hombre sombrío que se acercaba por el callejón-, y puede que salgáis de aquí ilesas.
Las palabras no les sonaron del todo creíbles. Se dirigió a Ihne y la agarró por la muñeca con una rapidez endiablada, en la otra mano portaba una larga y sucia daga. Ihne intentó alejarse, pero el agarre del hombre era demasiado fuerte. Esta era la primera vez que realmente las tres estaban en problemas severos, se habían metido en esta situación por su culpa, si hubiera estado más atenta no le hubieran robado la carta, ahora ninguna de las tres tendría nada, incluso puede que las esperara un destino peor.
Miró al cielo es busca de ayuda. Solo una franja del firmamento nocturno podía verse desde el estrecho callejón. Algunas estrellas relucían titilantes ya, buscó la suya. Entre dos tejados la encontró, relucía en distintos tonos púrpuras contra el oscuro lienzo nocturno. La miró, y sintió que le devolvía la mirada, rezó una pequeña plegaria. Miro a Val, la mujer le tapaba la boca y el cuchillo se clavaba en su cuello. Miró a Lye, sus brazos apresados, sabía que su amiga se contenía por miedo a que les pasara algo. Cerró los ojos y su fe hizo que se decidiera, pidiendo ayuda una vez más, preparó un conjuro.
El hombre se percató al instante e intentó apuñalarla, pero Ihne ya tenía el conjuro listo y puso la mano en el pecho del hombre pronunciando con violencia el rezo divino que canalizaría la energía mágica. La magia se liberó, el hombre solo llevaba un harapo sucio que comenzó a pudrirse en cuanto Ihne puso su mano encima, después, siguió la piel del hombre. Una mancha negra comenzó a extenderse por el pecho del hombre desde la mano de Ihne, rasgando la piel y la carne causando una herida inmensa que se extendía rápidamente. El hombre quedó paralizado por el dolor. Ihne empujó más fuerte con la palma de su mano cerrando los ojos y gritando, vio un destello púrpura, se sintió transportada a otro lugar, un desierto de arena que duró un instante, flotaba en la oscuridad, miles de estrellas la rodeaban, nunca había sentido tal sensación, ya había soñado con esto otras veces, pero nunca había sido tan vívido. Las estrellas desaparecían, hasta que solo quedó una, crecía y se hacía enorme hasta que ocupó todo su campo de visión, toda su realidad se mostraba en tonos púrpuras que se movían y se mezclaban caóticamente dentro de un orbe colosal que parecía mirarla, quemaba. Escuchó una voz, solo logro entender un fragmento de la grave letanía “Sígueme a la oscuridad”. Todo eclosionó en un destello que la cegó. Cuando volvió a la realidad sintió que todo había durado menos de un segundo.
No vio al hombre, nadie la agarraba ya. Delante suya el suelo y las paredes del callejón estaban manchadas de sangre, había restos de carne y huesos esparcidos por el suelo. Al mirar al rededor vio como uno de los maleantes se alejaba, la mujer había caído al suelo y soltado el cuchillo, trataba de levantarse y correr, Val la miraba completamente paralizada, con los ojos y la boca muy abiertos. Lye se deshacía del hombre que la agarraba y lo empujaba, no tuvo muchos problemas pues este echó a correr enseguida, desapareciendo. Lye también parecía perturbada, aunque no tanto como Val. Se quedaron solas.
Entre las dos tranquilizaron a Val y esta volvió en si enseguida. Ihne no sabía explicar lo que había pasado, ninguna de sus compañeras pidió una explicación, para su alivio. Estaban sanas y salvas, recogieron todo y salieron del callejón, al doblar por donde había huido el kobold vieron el papel. Ihne lo recuperó y lo guardó, después volvió a mirar al cielo. Su estrella parecía brillar con más fuerza, orgullosa.