Relato en progreso

El viento boreal le acariciaba la cara cuando miraba atrás y dejaba que sus pensamientos se zambulleran en el cercano pasado. En su joven recorrido por la vida habían pasado varias cosas propensas a ser traídas por los recuerdos, y ahora, al ver lo lejos que se encontraba la tierra firme, tenía la sensación de que otro de esos recuerdos, dignos de ser escritos, estaba comenzando a formarse. Sin embargo, esta vez había algo más, un sutil sentimiento, un semi trasparente velo que no le dejaba ver lo que se escondía detrás, pero si su silueta, y esa silueta le asemejaba algo grande y colosal, pero que también le daba miedo. 

Sus diurnas ensoñaciones cesaron cuando escuchó el laúd de una de sus nuevas compañeras de aventuras. Val había estado tocándolo cada día desde que partieron del puerto de Aguasprofundas, a veces amenizando el viaje y otras incordiando a los marineros, su estilo era indefinible, tan alterable como ella misma y versátil como un cuaderno de bocetos. Parecía haberse cansado de las canciones alegres, joviales y llenas de improperios que había estado tocando durante un buen rato nada más salir el sol y ahora sus tieflinescos dedos color escarlata rozaban las cuerdas tocando una balada del viajero. Bardos, expertos en derretir corazones y crispar al personal a partes iguales, ya había visto comenzar unas cuantas peleas de taberna por culpa de los del gremio del trove y la sonrisa, de la mirada sugerente y la boina llena.  

Caso contrario al de Lyeonia. Val y Lyeonia, “Lye” para las amigas, y eso la incluía, no podían ser más diferentes, quizá por eso se entendían tan bien, eran amigas ya desde hacía bastante tiempo y habían pasado una gran parte de sus vidas juntas, desde que dejaron sus hogares. Se habían lanzado al camino, en el caso de Val, desde su pueblo y en el caso de Lye desde su bosque ancestral, donde los elfos la habían enseñado las artes druídicas que ahora canalizaba con tanta maestría.  

A pesar de las licencias usuales que se otorgaba, de manera inevitable y con escrupulosa religiosidad en cuanto a todo aquel que le era ajeno, como el derecho a la duda y la capacidad de estar alerta a todo lo mínimamente sospechoso que se haga. Val y Lye le gustaban y le parecían personas en quienes casi podía confiar. Al menos habían demostrado ser útiles y dignas de confianza unas semanas antes, cuando, junto con ellas y otros compañeros, había conseguido ayudar a un mago elfo a volver a su estado natural, después de que el desgraciado hubiera sido transformado en oveja por su alumno. Se preguntaba que habría sido del resto de los integrantes de tan variopinto grupo, recordaba al bruto de… -pensó durante unos segundos-, Dart, como olvidarlo, cuando había lanzado su gran hacha y reventado la ventana por la que asomaba el miserable alumno, afeitándole la rabadilla y casi matándolo, no de un tajo, sino de un infarto. Al final todo se había resuelto adecuadamente y fue precisamente la cooperación que mostraron todos en esa pequeña gesta lo que golpeó el último clavo necesario para terminar de construir la caja guardaría su amistad. 

Lyeonia gustaba de sentarse cerca de proa al amanecer, mirando como las gaviotas se mecían en el viento, que a su vez también impulsaba el gran navío. Al comienzo del viaje el vaivén de la nave la mareaba, y había cogido la costumbre de charlar con las gaviotas por la mañana, para que le fuera más llevadero. No te preocupes, mira al horizonte, solían decirle, y ciertamente funcionaba. No sabía de donde provenía esa sabiduría, pero estaba claro que los animales sabían escuchar y podían ser sensatos en su medida. Se acarició su cola recubierta de escamas metálicas y del reluciente color del atardecer, de diversos tonos anaranjados, y deseó poder volar como sus emplumadas amigas, sus poderes natos aun no la permitían obrar semejante maravilla, pero sabía que algún día lo conseguiría.  

Lye había comenzado una nueva aventura, una aventura con sus dos compañeras, Val e Ihne, en las cuales confiaba, desde que se habían conocido en aquella taberna de Aguasprofundas. Cuando Ihne, con su habitual nervio, característico de las jóvenes humanas ávidas de descubrimiento, se sentó delante de ellas, y sujetó con su pálida mano un trozo de papel sucio que había arrancado de alguna pared que no recordaba. 

Dicho trozo de pergamino contenía más bien poca información, pero aun cubierto de suciedad brillaba de alguna manera, evocando una optimista y esperanzadora suerte de sucesos increíbles en la mente de las tres. Después de pensarlo más bien poco, y con la ayuda de unas copas de más, habían decido usar las pocas monedas que les quedaban para comprar unos pasajes, no sin antes regatear, a Calimport, la ciudad estado que gobernaba la región de Calimshan.  

Ya habían oído hablar de ella, ¿y quien no? Calimport era el sueño de todo aquel que buscara aventuras, emociones o simple y llanamente el entretenimiento más destilado y para todo tipo de gustos y necesidades, era una ciudad bella y llena de magia, ni siquiera mil y una noches eran suficientes para disfrutar de todo lo que ofrecía. Por supuesto, también era considerada una de las ciudades más peligrosas de la Costa de la Espada, pero ellas no eran unas mojigatas, no se chupaban el dedo y eran más listas que el hambre. Podían defenderse bien y no caerían en ninguna trampa, se habían dicho a sí mismas. 

 

Según el Capitán, el Ángel Trovador llegará al puerto de Calimport en dos días -dijo Ihne, después de que se hubieran reunido para comer, como solían hacer, en uno de los cajones de mercancía de cubierta y que usaban como mesa. 

-Bueno, eso si hace buen tiempo – prosiguió Val-, ¿El Ángel Trovador se llama el barco? Bonito nombre, que terrible ironía -Val arpeo su laúd creando una melodía dramática-, El Ángel Trovador, portando un demonio trovador-, una sonrisilla y una tonada seca cerraron la interpretación. 

-Hará buen tiempo -respondió Lye, a la vez que asentía enérgicamente. 

-¿Cómo lo sabes? -Ihne arqueaba una de sus finas cejas- ¿No sabía que tus artes druídicas te permitieran predecir el tiempo? 

-No, me lo ha dicho Vinchi. 

-¿Quién es Vinchi ahora? ¿Has estado hablado con alguien? -Val sonreía. 

-Es una de las gaviotas que nos acompañan durante el trayecto –contestó Lye, a la vez que Val resoplaba y volvía a comer- y no, aun no puedo predecir el tiempo con precisión, pero que los pájaros suelen ser prudentes y sabios en cuanto al tiempo, yo confiaría en ellas. 

A todas les pareció totalmente razonable asique lo dieron por sentado. Y bien podrían haber contado con dichas gaviotas como guías para sus futuros viajes, pues acertaron y los cielos despejados les permitieron, lejos y recortadas contra el azul horizonte, avistar las brillantes cúpulas doradas de Calimport.  

La ciudad vista desde el mar abarcaba toda la costa, sus murallas blancas se alzaban en el centro abrazando las torres, minaretes y cúpulas más altas, hacia sus flancos se extendían sin fin barrios, calles, casas de adobe, edificios imponentes, y todo brillada de una manera u otra, aun incluso al resplandor del día. La sensación de asombro les había henchido el corazón a cada una de las tres y después de muchos días de viaje sentían que los nervios y las emociones, como la sangre recorre las venas, volvían a envolverlas. Sentían que algo nuevo e increíble las esperaba. 

Ihne sacó el sucio pergamino, lo había leído infinidad de veces, pero quería asegurarse una última vez de lo que tenían que hacer. Con Lye echando un ojo, leyó murmurando: 

 

“A la atención de la Honorable e ilustrísima casa Nadana de la ciudad de Calimport, Calimshan. 

Cuya máxima representante es gobernadora en total igualdad de condiciones de la Ciudad estado de Calimport, la región de Calimshan y todo lo que la compone hasta el final de sus fronteras, en disposición del respetable y distinguido cargo de Pacha. 

Se ofrece recompensa de carácter inmenso y suficiente por la localización, recuperación y restitución de la segunda gema de linaje, con ilustración identificatoria adjunta en esta misma notificación. 

Los detalles de la encomienda y la información relevante necesaria se proporcionarán a los sujetos que se presenten en el Jardín Helado con esta nota, en la misma ciudad de Calimport. 

 

Atentamente 

Honorable e Ilustrísima Familia Nadana,
En cargo de gobernanza vigente” 

 

 

Un sello firmaba la nota, sus investigaciones habían confirmado que era el sello actual de la familia Nadana, hasta ahora, todo parecía encajar. También habían averiguado que ya varios se habían aventurado a intentar recuperar la gema, pero que se supiera, nadie había dado con ella. ¿Advertencia u oportunidad?  

Jardín Helado, murmuró por última vez, y observó el pequeño dibujo que acompañaba a dicho nombre en el mismo papel, una pequeña palmera azul, grabándolo en su mente. En ese momento Val las abrazó por detrás, chillando de alegría. 

El Barco se acercaba al puerto de Calimport, a su destino, y el destino se acercaba a ellas. 

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