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Pulsó el botón del ascensor y miró el reloj. Las nueve y veinticuatro. Siempre lo llamaba a la misma hora. La lucecita roja indicaba que ya subía. Metió su mano derecha en el bolsillo del pantalón y movió el hombro izquierdo, crujió, el maletín que llevaba no pesaba demasiado, pero si no movía el hombro, empezaba a tensársele. Esperó. A los pocos segundos vio subir el ascensor a través del cristal. Agarró el manillar para abrir la puerta y esperó a que llegara. Antes de que las puertas correderas interiores terminaran de abrirse tiró y se metió dentro por el estrecho hueco que dejaban.
Al entrar vio su reflejo en el espejo, se removió el pelo con la mano acomodándolo en un aspecto igual de desarreglado que antes, después ajustó su corbata, centrándola bien. Olía a rancio, y a tabaco mezclado con perfume de mujer. Apretó el botón del bajo y las puertas interiores comenzaron a cerrarse, cuando lo hubieron hecho, el ascensor se puso en marcha. Notó una fuerza ascendente que lo empujaba, dejó de mirarse en el espejo y miró la pequeña pantalla con leds rojos que indicaba el piso en el que se encontraba el ascensor, vio un cinco. Estaba subiendo. Alguien lo había llamado. Chasqueó la lengua y se apoyó en la pared, miró el reloj impaciente, las nueve y veintiséis.
El ascensor seguía subiendo, la pantalla mostraba un siete. El edificio tenía nueve plantas, ¿lo habían llamado desde la novena? Hacía tiempo que no vivía nadie en la novena planta. Debe ser la de la limpieza, pensó. El siete cambio al ocho, y el ocho cambio al nueve. Sí, lo habían llamado desde la novena. Joder, masculló, miró el reloj. El ascensor seguía subiendo, algo le resultó extraño, se olvidó de la hora. En la pantalla había aparecido otro número, uno que no había visto nunca, el diez. Juraba que el edificio tenía nueve.
Recordó que había una azotea, ¿se podía subir en ascensor? El diez cambio otra vez, al once. Cuando el once cambió al doce se figuró que algo iba mal. No era cosa de la pantalla, él notaba una fuerza, una aceleración. Pero no había más pisos, era imposible que hubiera subido tan alto, ahora mismo estaría fuera, encima del edificio. Desde la calle podían contarse los pisos, incluso añadiendo la azotea, era imposible que el ascensor hubiera subido tanto. Los números de la pantalla seguían cambiando. Ya iba por el diecinueve y seguía ascendiendo. Los nervios bajaron por su columna vertebral hasta sus piernas, que dejaron de sostenerlo por unos segundos.
Sintió que la fuerza que lo empujaba era mayor, estaba acelerando, escuchaba unos golpes rítmicos y fuertes, metálicos, que acompañaban cada cambio de número en la pantalla, una cacofonía infernal que retumbaba. La velocidad que llevaba hizo que tuviera que sentarse en el suelo, la pantalla marcaba un cuarenta y siete, que cambio muy rápido a cuarenta y ocho. Gritó pidiendo ayuda, pero los ruidos que hacía el ascensor ya eran ensordecedores, no pudo escuchar su propia voz, las luces parpadeaban amenazando con fundirse y todo el ascensor se sacudía con violencia. Vio un setenta y dos, luego un ochenta y uno, después un noventa y seis, al llegar a noventa y nueve los números desaparecieron y empezó a ver símbolos desconocidos. Sus gritos se prolongaron durante minutos mientras el ascensor no paraba de subir.
Súbitamente frenó. Salió disparado hasta el techo, el espejo se rompió llenando todo de cristales, las bombillas estallaron, rebotó y volvió a caer. Sus manos se magullaron con los cristales, y tenía las piernas y la espalda doloridas por los golpes. La pantalla también se había apagado. Desesperado sacó el móvil del bolsillo interior de su chaqueta y lo encendió. Sin cobertura, al menos le proporcionaba algo de luz. Intentó ponerse en pie pero las fuerzas le fallaron.
Las puertas interiores se abrieron, como el telón de una obra de teatro, parecía que el ascensor quisiera mostrarle algo, detrás no había nada, ni puerta, y estaba todo oscuro. No sabía lo que podía encontrar, pero tenía que salir, no aguantaba ni un segundo más dentro del ascensor. Alargó el brazo y avanzó, un olor almizcleño y nauseabundo inundó sus pulmones. Se arrastró fuera, el suelo arenoso estaba caliente, extendió el móvil para intentar ver algo,
pero enseguida parpadeó y se apagó. Otra vez a oscuras. ¿Dónde estoy? se dijo. Escuchó unas pisadas en la arena, una luz que titilaba se le acercaba. Era un hombre viejo, con un candil en la mano.
-Deja que te ayude –puso la lamparilla en el suelo y lo agarró por debajo de los hombros.
Por fin pudo ponerse de pie.
-¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? ¿Qué es esto?
El hombre lo miró apesadumbrado.
-Hace mucho tiempo que nadie sube hasta aquí. Solíamos llamarlo cielo.
-¿Cielo? –Se sacudió el polvo de los pantalones- ¿Estoy muerto?
-No lo creo, ya nadie sube aquí, ni siquiera las almas.
-Pero, yo iba a trabajar, y de repente –no sabía cómo explicarlo-. ¿Cómo es posible? ¿Qué se supone que hago aquí entonces? ¡Quiero volver!
-Está bien.
Los ojos del hombre mostraron tristeza.
-¿Estás seguro de lo que quieres?
-Sí –afirmó-, quiero volver.
Se despertó en su cama envuelto en sudor. Rápidamente ordenó todo en su cabeza, una pesadilla. Se aseó, se vistió y desayunó rápido. Llamó al ascensor y miró el reloj, las nueve y veinticuatro. Al abrir la puerta y poner el pie derecho dentro, algo lo detuvo. El sueño que había tenido volvió a su mente, como un falso deja vu. ¿Y si bajaba por las escaleras? Dudó unos segundos, pero se dejó de miedos estúpidos, que bobada. Entró y pulso el botón del bajo, las puertas se cerraron, el también cerró los ojos, nervioso. Sintió que el ascensor bajaba. En ese instante se relajó, suspiró. Al llegar al bajo esperó a que se abrieran las puertas colocándose la corbata. Pero el ascensor siguió bajando. El edificio no tenia sótano, recordó.
Muy bueno loco! Está muy entretenido