Rojo Titán

Rojo Titán

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Se presentó en el horizonte un rojo titán ardiente, heraldo del dolor y la destrucción, precursor de la desesperación y predicador de la más racional de las demencias. Su sola visión destruía los pilares de cualquiera de los pensamientos, ingenuos y felices, que pudieran concebir la mente de los desdichados, carcasas vacías, insignificantes, que osaran mirarlo de frente. El peor de los males, aquel ajeno al sentimiento, sin capacidad de remordimiento o culpa, no por desecharla, porque para repudiar, primero, se ha de poseer. Aquel mal que no odia la vida, porque para odiar, se ha de saber. Y este mal no sabe, no conoce, no siente, ni mucho menos ama, ajeno, distinto, perverso. El peor de todos, no conoce el perdón, porque para perdonar, primero hay que odiar y para no hacerlo, primero, hay que amar.

La Tierra, nuestro planeta, aquel bello punto azul oscuro, lleno de algo tan inusual y efímero, un segundo, un parpadeo para él, la vida. Se había salido de su órbita. Muchos lo habían temido, muchos más no lo habrían creído. Lo notaron, vaya que si lo notaron, cuando los días y las noches comenzaron a hacerse más cortos, los meses, los años, todo avanzaba más deprisa. Las horas se reducían, una condena ineludible. Nos acercábamos al sol, poco a poco, y este crecía cada día en el cielo, amenazando de una forma tan fría que ni siquiera su creciente y constrictor calor era capaz de calentar.

Los últimos días, los finales, los días de la locura, los llamaron, por poco tiempo, pues toda la historia iba a ser borrada para siempre. Fueron los días más salvajes de la humanidad, ¿la ley del más fuerte? ¡Ja! Ya no existían leyes… Todo el mundo iba a morir, sin exageraciones. Resignados, desmoralizados, algunos se lanzaban de bruces al placer, transformando su mísera existencia, ahora retorcida hasta la ruina, en una cuenta atrás de excesos que acababan siendo mortales. Nadie quería esperar al día del juicio, a la purga.

Puestos a morir, el inocuo nihilismo era la mejor vía, la eutanasia se volvió algo frecuente, tanto que pasó a llamarse de otra forma, libertad. Porque todos vivíamos en un infierno. Antes de que los casquetes polares se derritieran y medio mundo se inundara, antes de que muchos humanos se quitaran por fin las mascaras de cordura, antes de que las brújulas se pararan para siempre, antes de que el corazón del planeta se petrificara.

Unos pocos, que no odiaban ni adoraban al astro, reticentes, se rebelaron al destino aciago, siempre hay algunos, lo hemos visto en las películas, en los libros, en las canciones, en el interior más profundo del alma, ahí, donde se guarda la esperanza. El planeta estaba perdido, pero no la humanidad, no la razón. Una última misión espacial, sin destino y sin retorno, pero con valor y sobre todo esperanza.

Pobres ingenuos, pienso yo, mirando por la ventana, harto de contar las veces que el sol sale y se pone en lo que antes llamábamos una hora. Se acerca hacia mí, el titán, y sé que no sentiré nada, porque las quemaduras de mi cuerpo serán tan graves que mis nervios no serán capaces de alarmarme con su vivo y doloroso recordatorio. Él se acerca y vosotros os alejáis, con mis recuerdos, recuerdos que ahora tienes en tus manos. Curioso, ¿no? a millones de kilómetros de ti, sin embargo, aquí estoy, transmitiéndote mis pensamientos, a través del espacio y del tiempo, como si aún estuviera vivo.

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