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Su ojo trazaba una recta línea invisible que pasaba por encima de la flecha, sujeta con su mano derecha, hasta llegar a su objetivo. Tensa la cuerda, respiración cortada, su pulgar rozaba las plumas, sabía que no iba a fallar. Había repetido el mismo movimiento durante años, muchos años, pero hacía tiempo que sus pensamientos le importunaban cada vez que miraba de esta manera hacia una presa, el regocijo, ahora leve, atenuado con los años, producido por haber encontrado la presa al fin chocaba con algo que lo perturbaba.
Durante un tiempo había querido obviar ese pensamiento y dedicarse solo a su trabajo, cazar, pero ya no, y ahora el carnero fantasmal de la culpa embestía cada vez más fuerte cuando apuntaba al corazón de su presa.
Había menos presas en el bosque, cada vez había menos animales, cada vez había menos vida. Soltó, la flecha salió disparada hacia su objetivo. Sabía que él no podía ser la causa, un solo cazador no puede acabar con toda la vida de un bosque de tamaña extensión. La flecha se clavó en la liebre y esta respondió con un agudo y corto chirrido antes de desvanecerse. Pero los hechos eran que llevaba buscando desde el amanecer y el pálido y tímido sol ya se escurría entre el horizonte, parecía que un día más su Señor tendría que alimentarse de caldo de liebre y verduras, la caza mayor ya era cosa del pasado.
Cogió su trofeo y lo ató por las patas a su cintura, la poca carne que tenía lo hacía ligero. Ahora debía volver, el Señor y la Señora estarían esperándolo, deseosos de corroborar que la mala temporada de caza y el deterioro del bosque solo era algo pasajero. Malamente lo harían hoy, se temía.
A cada paso que daba crujían ramas secas y grises que ahora tapizaban el suelo, cubiertas de hojarasca del mismo color, era el único sonido que acompañaba a sus pensamientos, los cantos de los pájaros se apagaron hace ya tiempo y con él la belleza y fortaleza de todos los arboles, que ahora se retorcían y astillaban formando estampas de pesadilla.
La luna asomó detrás de las nubes ayudando a disipar la creciente oscuridad, que sin duda acabaría por envolverlo si no se daba prisa en volver al castillo, cualquiera que hubiera sabido de los estrechos y tenebrosos que se habían vuelto los caminos hubiera dudado de entrar en el bosque, sin embargo, no había nada que temer, el silencio del bosque rara vez se veía interrumpido, puesto que casi nada lo habitaba. No había brillantes ojos amarillos detrás de los arbustos, no había extrañas criaturas escondiéndose rápidamente detrás de los arboles al mirlarlas, no había nada, solo la creciente muerte gris que parecía envolver hasta el sol durante el día.
Al doblar el último recodo del camino el larguirucho castillo se mostro ante él, los mamposteros hicieron un esplendido trabajo al lograr construirlo sobre un barranco en un gran peñasco separado de la pared. De esta forma las altas y negras torres del castillo se levantaban sobre el bosque, altivas y dominantes.
Un ancho arco de piedra se pronunciaba desde el borde del barranco en un ángulo ascendente haciendo las veces de puente, este se cortaba unos metros antes de llegar al portón de la fortaleza. El puente levadizo, construido con la madera de los olvidados y fuertes robles del bosque completaba el camino.
El cazador vio la titilante luz en la más alta de las torres, que indicaba que la Señora se encontraba allí, quizá mirando la puerta y esperándolo. El puente estaba echado, no había rastrillo ni murallas, la protección natural del barranco era suficiente, la puerta se sostenía entre dos grandes postes de granito y enmarcada en un arco coronado con una hilera de almenas.
Los rayos lunares dejaron de tocar al cazador por un momento cuando este cruzó el corto túnel que seguía a la puerta, comenzó a subir por el camino en espiral que rodeaba el peñasco y subía hacia el castillo. Al llegar al final del camino pasó sobre el último arco, tallado en la misma roca y que se estiraba estrechándose hasta las puertas.
Estaban abiertas y Nézanel, el mayordomo del Señor lo esperaba con un candil en la mano, el cazador se acercó mientras desataba las patas de la desafortunada liebre y se la tendía. Él lo miró con una ceja arqueada, en un gesto que pedía explicaciones, el cazador solo encogió los hombros.
-El Señor no estará contento – Nézanel alargó el brazo y cogió la liebre, después se la llevaría a los cocineros.
Obtuvo un ademán y un gruñido de resignación como respuesta, El Cazador entró al recibidor y comenzó a despojarse de su indumentaria. Nézanel cerró las puertas mientras negaba con la cabeza.
-Es lo que hay -gruñó El Cazador.
-No es suficiente. El Señor no estará contento…
-Lo sé, pero llevo todo el día ahí fuera. Está muerto Nézanel, el bosque está muerto. Tenemos que…
La Señora irrumpió en la sala bajando las escaleras que unían el recibidor con el patio del castillo mientras se sujetaba la larga falda.
-¿Ha sido fructífera la caza hoy? -preguntó con su fina voz.
Nézanel levantó la liebre para que la viera bien. Los ojos de la Señora se cerraron por un momento y seguidamente subió otra vez las escaleras.
-¿Decías? -preguntó el mayordomo.
-Lleva la carne a las cocinas -echó a andar hacia los establos, situados en el ala este del patio-, antes de que desaparezca de tus manos y nos veamos en un entuerto todavía peor.
Nézanel hizo caso, sería mejor no perder la única presa que tenían.
La robusta mesa de madera crujió al soportar todo su peso cuando apoyó el antebrazo y empezó a cenar. Un caldo de verduras y un chusco de pan eran más que suficiente para él. Todas las noches, mientras cenaba y antes de acostarse cavilaba inevitablemente acerca del bosque, comenzaba a pensar que algún tipo de maldición había caído sobre él, algo oscuro y retorcido que estaba acabando con toda la vida que los rodeaba. Hoy, sin embargo, no pudo pensar mucho, unos golpes en la puerta lo sacaron de sus cavilaciones, era Nézanel.
Estaba apoyado en el marco de la puerta, que estaba abierta, con su candil.
-El Señor llama -fue lo único que dijo, con su suave voz.
Seguramente ya se habría comido la liebre y quería descargar algo de odio sobre el que él creía culpable de todo esto, acabó con una cucharada más y se levantó con resignación. Al pasar cerca de Nézanel este no dijo nada, no era necesario, solo lo miró y lo siguió con el candil levantado.
El salón principal se encontraba en la segunda planta de la torre del homenaje, era una estancia alargada con cuatro altos ventanales a su derecha, estos se alargaban hasta el techo y acababan formando un arco puntiagudo, estaban hechos para contemplar la belleza del valle mientras se disfruta de la comida en la larga mesa. Antiguamente en sol entraba por ellos iluminando toda la estancia, el Señor solía correr las cortinas más cercanas a su asiento, presidiendo la mesa, ahora no hacía falta, ya que rara vez algo de luz tenía la oportunidad de perturbarlo.
Esa antigua luz, como la de los árboles de Valinor ya olvidada, ya no entraba, sin embargo, las cortinas del ventanal más cercano al Señor seguían echadas. Él removía su plato con una cuchara y La Señora se sentaba a su lado con la cabeza gacha. Nézanel carraspeó.
-Mi Señor -dijo, y se retiró hacia la pared con una reverencia.
Él no levantó la cabeza de su plato.
-En estos tiempos -comenzó a decir, en un tono bajo-, hasta la luz de la luna me molesta. -Levantó la cara y pudo vislumbrar que su rostro se contraía en una mueca de hastío, estaba más delgado y ya no mostraba ese porte vigoroso que lo caracterizó durante años. Todavía no había descuidado su aspecto del todo, afeitaba su barba e iba bien vestido.
-Siéntate -le indicó con la mano izquierda-, aunque no hará falta que te quedes mucho tiempo.
Ni el Cazador ni la Señora dijeron nada. Por fin el Señor dejó de remover las verduras que había en su plato y dejó la cuchara, se recostó en su asiento y cruzó las manos en su regazo. Miró ahora a su mujer.
-Querida, ¿puedes abrir las cortinas?
Ella se levantó al instante y tiró de las cuerdas, la luz de la luna entró ahora en la sala como si fuera el último invitado de la reunión e iluminó al Señor, su rostro, mitad ensombrecido mitad pálido lo miró ahora.
-Resignación, es lo que nos queda -parecía que hablaba para sí mismo, pero el tono era alto-. ¿No es verdad?
Notó como la Señora aún no había vuelto a tomar asiento. Él siguió hablando.
– Mi castillo y sus alrededores… antes rodeados de un verde vergel y ahora páramos lúgubres y grises. Hasta ahora yo también he sido un hombre lúgubre, alejado de la sociedad. Por eso construí este castillo. Parece como si el bosque fuera una extensión de mis actos ¿No lo creéis? He llegado a pensar tantas cosas… -miró hacia la ventana, hacia los rayos lunares que entraban ahora- Estoy dispuesto a cambiar eso, durante años hemos permanecido aquí escondidos y viviendo en paz. Pero esta maldición, este hechizo vil, pues no lo concibo de otra manera, nos constriñe y nos ahogará hasta la muerte. Y si no lo remediamos aquí quedaremos convertidos en polvo.
Echó la silla hacia atrás y se levantó despacio, al levantarse puso sus brazos detrás y miró hacia la pared, donde colgaban varios retratos familiares.
-He escrito y enviado una misiva al Barón de Bredania, dentro de una semana estará aquí junto a su esposa y quiero que se les agasaje como es debido.
Notó como ahora lo miraba directamente, esperando una respuesta.
-Haré todo lo que pueda, pero como usted ha dicho, el bosque está muerto. Ya no hay presas.
-Comprendo… Pero el bosque es grande, sin duda se esconden en los rincones más inexplorados.
-Conozco cada rincón del bosque, lo he recorrido innumerables veces. Lo siento mi Señor pero en kilómetros a la redonda… no queda nada vivo.
-Tiene una semana, estoy seguro de que sin duda encontrará algo apropiado.
-Lo dudo.
-¿Acaso no quieres remediar esto? -abrió los brazos, abarcando la sala y si no hubiera paredes, todo el bosque.
-También dudo de que dependa de los actos de usted.
-Quiero que se les agasaje como es debido, y en un festín, no puede faltar la carne, tendrás que arreglártelas. Si queremos cambiar el rumbo de las cosas, volver a tener la vitalidad que nos rodeaba y poder volver a cazar y disfrutar de la carne de calidad que nos proporcionaba cada día. Debes intentarlo otra vez, y traer lo que te ordena tu Señor. Debe quedar alguna presa, tendrás que buscar con más ahincó. Ahora, dejadnos, la conversación ha terminado.
El cazador y el Mayordomo salieron del gran salón y se fueron a sus respectivos aposentos sin decir una palabra más, las palabras de su Señor todavía resonaban en sus mentes.
A lo largo de la semana siguiente, el Cazador salió a los bosques a cazar, como solía hacer antaño, cuando salía todos los días y volvía con una gran presa al lomos de su corcel. Solo que ahora iba sin su corcel y volvía sin nada, ya ni siquiera eran presas menores, no quedaba nada. Cuando caminaba por los ahora estrechos caminos recordaba a la perfección el verdor y la luminosidad de las hojas de los arboles años atrás, y pensaba en lo que había dicho su Señor, tenemos que cambiar, entonces ¿no sería mejor dejar de salir a cazar y conseguir la carne por otros medios? Sin duda no tendría la misma calidad y no sería fresca, pero valdría la pena.
El negar con la cabeza a Nézanelcada vez que llegaba al castillo después de la dura jornada se había convertido en costumbre. Los días pasaban y no conseguía nada, intentó hablar con el Señor para hacer entrarle en razón, pero no quiso recibir ninguna palabra, ni siquiera la Señora era capaz de acceder a él.
Pasaron el resto de los días y pronto llegó el día señalado, el servicio de cocina había empezado a preparar el festín con las verduras que habían podido recolectar esta mañana, mientras trabajaban murmuraban y se les escuchaba decir que el Señor no estaría contento y que hoy habría tormenta. Los intentos del Cazador por conseguir algo habían sido totalmente infructíferos y se temía lo peor, cuando estaba a punto de salir otra vez, a realizar el último intento de caza mayor, una gotas cayeron sobre su cabeza que pronto se convirtieron en una torrencial descarga de agua, no le quedó más remedio que volver. Se había acabado, no tenían nada de carne.
Como se esperaba, el Señor lo mandó llamar, y Nézanel lo acompaño hasta el gran salón. Los esperaba de pie, mirando por los grandes ventanales, la lluvia los golpeaba con fuerza.
-¿Y bien? -preguntó sin dejar de mirar la lluvia.
El agua golpeaba los ventanales creando una cortina de sonido. Nézanelhabló primero.
-No tenemos reservas de carne mi Señor, pero el servicio de cocina está haciendo todo lo posible para…
-Aún queda una mañana -interrumpió-. El Barón y su esposa llegarán a mediodía. Sé que habéis estado toda la semana trabajando y no dudo de vuestras habilidades. Pero debéis partir y encontrar caza mayor.
Por un instante solo se escuchó el sonido de la lluvia, haciendo evidente algo que el cazador señalo:
-No puedo salir con este tiempo -solía ser lacónico.
-Las herramientas de caza no pueden usarse bajo la lluvia mi Señor, la cuerda del arco no se tensara si…
El Señor volvió a interrumpir.
-Ya he dicho todo lo que tenía que decir. Iras, y cazarás. No. Iréis, tú lo acompañaras esta vez Nézanel y te asegurarás de que vuelve con una presa. ¿He sido claro?
Nadie contestó.
-¿He sido claro? -repitió, más despacio.
-Por supuesto -Nézanel miró al suelo y contuvo otra respuesta que no fuera la que había dado. Mí Señor.
El cazador no dijo nada, por supuesto que intentaría encontrar una presa, lo llevaba haciendo toda la semana, pero sabía que en el bosque solo moraba la muerte. Salieron del salón y se dirigieron hacia los establos sin decir una palabra. En los establos no había caballos ni ningún otro animal, desde hacía tiempo se usaban como almacén, se guardaban herramientas y era donde el Cazador tenía sus pertrechos. Cogieron todo lo necesario y se dispusieron a salir a la tormenta, sin ningún tipo de esperanza.
Estaban a punto de atravesar la puerta del castillo cuando escucharon unos rápidos pasos que se acercaban, era la Señora, se había vestido de gala y sujetaba su falda, como siempre hacía cuando tenía prisa, para poder desplazarse mejor al bajar las escaleras que venían del pasillo cubierto que rodeaba el patio. Se acercó a ellos.
-Siento el mal humor de mi marido -dijo compungida- pero, debéis escucharme antes de partir. Haré todo lo que pueda para que el Barón y la Baronesa se retrasen, aunque con este tiempo poco puedo hacer, mi marido los esperara en el gran salón y yo intentare entretenerlos todo lo que antes de que se dirijan a él. Os daré todo el tiempo que pueda conseguir.
-Mi Señora… -comenzó Nézanel.
-Escúchame Nézanel, no sé si ahí fuera aún hay presas o no, pero debéis ir y debéis conseguir algo. Mi marido siempre ha sido un hombre lúgubre, como él dice, y además cree que todo esto es causa de una maldición. Pero la invitación a los Barones fue idea suya, y me sorprendió. Parece que por fin se ha hartado de esto y está decidido a cambiar, llevamos aislados tanto tiempo… La reunión con los Barones puede establecer lazos sociales y comerciales, que pueden servir de medio para arreglar nuestros problemas y él quiere agasajarlos con todo lo que pueda. Estoy segura de que mi marido estará de mejor humor si traéis algo, además, los Barones serán más propensos a aceptar sus propuestas y a volver aquí si ven que aunque los alrededores estén muertos, el castillo sigue disponiendo de los mejores bienes.
-Haremos todo lo que esté en nuestra mano -dijo el Cazador, y un trueno resonó en la distancia, queriendo contestar a sus palabras con un augurio desesperanzado.
-Así será -acompaño Nézanel.
Pusieron las capuchas de sus atavíos sobre sus cabezas y salieron al fin del castillo. Tenían unas pocas horas para encontrar lo que habían estado buscando durante una semana, y durante una tormenta que no amainaba, sino todo lo contrario.
Los cielos grises creaban ahora, junto con los horizontes de la zona una estampa monocromática. Los caminos se habían embarrado y la hojarasca formaba en algunas zonas una capa mojada y resbaladiza, el Cazador avanzaba delante y Nézanel lo seguía mirando al suelo para no caerse. Al cabo de unos minutos el Cazador se destapó la cabeza, si de verdad querían encontrar algo en la tormenta tenía que tener el campo de visión totalmente libre de obstáculos.
Pasaron dos horas deambulando sin ver nada que pareciera estar vivo, el arco que el cazador llevaba bajo la túnica para que la cuerda no se mojara estaba empezando a molestarle y poco a poco, por mucho que lo resguardara de la lluvia, se iba humedeciendo. El equipo les pesaba cada vez más, pero seguían caminando, alejándose cada vez más del castillo y llegando a zonas lejanas, donde quizá aún hubiera alguna presa.
El Barón y la Baronesa bajaron del carro en el túnel de la primera puerta del castillo, la Señora ya los estaba esperando con dos mozas que portaban dos grandes sayos con capucha y el antiguo mozo de cuadras, que llevaría los dos caballos del carruaje al poco espacio que quedaba en el establo del castillo. El cochero bajó primero y se quitó la capucha refunfuñando, después abrió la puerta y asomó el pie de la baronesa, descendió agarrándose a la mano del cochero, su vestido era muy elegante y llevaba el pelo recogido en un intrincado tocado, con una sonrisa y una genuflexión saludo a la Señora. El carruaje se tambaleó cuando el Barón trató de bajar de él, era un hombre corpulento, obeso, un gran mostacho tapaba su boca.
-Bienhallados -dijo la Señora-, siento que el carruaje no pueda acercarse más al castillo, deberá permanecer aquí, pues la cuesta es empinada a partir de ahora. Mi marido les espera en el gran salón y está deseoso de poder verles y conversar, pero sugiero que esperemos aquí unos instantes, por si la tormenta amainara. -Miró al mozo-, mientras, el servicio podrá subir los caballos al establo. -Una encantadora sonrisa apareció en su cara-, y nosotros podremos conversar.
Se habían alejado más que nunca, las nubes seguían extendiéndose leguas en el cielo, la lluvia no cesaba, se seguían viendo relámpagos y se escuchaban los truenos que los seguían de cerca. Habían estado explorando cada palmo del área circundante e incluso se habían aventurado a entrar en varias cuevas. No habían logrado ver nada que indicara que podrían cazar algo aún. Mojados y cansados siguieron avanzando. El cazador conducía a Nézanel ahora por las abruptas tierras a través del bosque, sin seguir ningún camino ni rastro, solo su instinto afilado por la experiencia y una larga vida de caza, estos le decían que si aún quedaba alguna presa en el bosque tenía que ser lejos, muy lejos.
Avanzaban callados, el Cazador había dicho a Nézanel que no abriera la boca si de verdad querían encontrar algo, la monotonía de los arboles grises y la constante lluvia estaban empezando a hacer mella en él. Al levantar el pie para evadir la siguiente raíz las fuerzas lo abandonaron y cayó de bruces al suelo embarrado. En seguida se repuso y el Cazador se volvió para ayudarlo a levantarse.
-Esto… está mal -dijo Nézanel, mientras limpiaba el barro de sus ropas-. Ahora lo comprendo.
El cazador lo miró mientras las gotas caían y bañaban su cabeza.
-Estamos importunando al bosque, llevamos haciéndolo desde hace tiempo.
-Ahora lo veo, ahora lo entiendo. La naturaleza nos lo ha estado advirtiendo. -Nézanelmiró a su alrededor-. El Señor tiene razón, estamos malditos. ¡No hay nada! Solo muerte.
El cazador, siempre pragmático no dio pie a tener una conversación sobre bosques encantados.
-Debemos seguir -dijo.
-Tengo un mal presentimiento y además no vamos a encontrar nada.
Un trueno retumbó sobre sus cabezas, coreando las palabras del mayordomo.
-Es difícil no tenerlo, pero debemos seguir.
Nézanel estaba listo para seguir. Un suspiro de resignación salió de su interior.
-Como no lleguemos a tiempo el señor va estar muy disgustado hoy. Sera mejor que nos movamos, sí.
Cuando el Barón y la Baronesa entraron en el gran salón, seguidos de la Señora, el Señor los esperaba sentado al fondo de la mesa. Las cortinas descorridas y las antorchas encendidas, en la mesa ya había algunos platos, distintos tipos de dulces, panes y verduras preparadas.
Algo que hacía tiempo que no se veía apareció en el rostro del señor, una sonrisa. Se levantó y fue directo a dar un abrazo al Barón y a besar la mano la Baronesa. Su cara cambió completamente, ahora estaba radiante y no parecía el de siempre, si no el Señor de hace décadas, jovial y vivaz.
-Espero que hayan disfrutado de la compañía de mi Señora mientras llegaban hasta aquí, pues he notado que se han demorado bastante. -Miró a la señora- ¿Les has estado enseñado en castillo?
-No, querido. Solo quería esperar a ver si la tormenta amainaba, para poder subir el camino con más seguridad.
-Finalmente no ha sido el caso -el Barón tenía un voz grave, y cuando no tenía las manos a la espalda, se tocaba el bigote con los dedos pulgar e índice-. Y aunque hemos disfrutado en gran medida de la agradable compañía de su Señora, finalmente hemos decidido aventurarnos en la lluvia, un poco de agua no nos hará nada, especialmente con la atención de su servicio. Y si soy sincero, no quería esperar más a disfrutar de su presencia, tenemos mucho de qué hablar.
-Es una verdadera pena que no puedan disfrutar de las maravillosas vistas que posee el castillo por culpa de esta lluvia -el Señor lo dijo con tal seguridad que nadie dudaría de que el castillo estaba rodeado de parajes de ensueño y no de pesadilla-, les hemos preparado un tentempié antes del los platos fuertes, por favor, tomemos asiento y charlemos mientras lo degustamos.
En el momento en que el servicio retiraba las sillas y ofrecía los manjares la señora se acercó al señor y le hablo al oído.
-Mi amado, a pesar de no contar con nada de carne, los cocineros están haciendo lo que pueden con los ingredientes que disponemos, no dudes de ellos, los Barones disfrutaran hoy de una gran comida.
-No lo dudo -respondió este-, pero sin platos fuertes, y sabes a lo que me refiero, no se irán contentos, y sobre todo, yo tampoco lo estaré y por extensión el bosque.
-Estoy segura de llegarán a tiempo con algo.
-Está ahí -El cazador se protegía los ojos de la lluvia mientras señalaba algo cubierto por los troncos en la ladera de la montaña.
Después de alejarse cada vez más del castillo habían encontrado un efímero rastro, lo que parecían las huellas de un animal, el experto ojo del cazador les permitió seguirlo hasta que se terminó abruptamente al chocar con la ladera rocosa de la colina. Él sabía que si terminaba ahí era porque algún animal se escondía en alguna zona de la ladera, aunque ciertamente no sabía de qué animal se trataba, y eso era algo que lo asustaba. La cueva que habían visto y que ahora señalaba tenía todas las probabilidades de ser lo que buscaban.
-Vamos, rápido -Nézanel había recobrado la esperanza-, acabemos con esto de una vez y volvamos al castillo, aún estamos a tiempo de evitar la catástrofe si al menos podemos presentarnos antes de la cena.
No les costó mucho adentrarse en la cueva, subieron por las rocas con cuidado, intentando no resbalar en la superficie de granito. La entrada era estrecha y estaba casi tapada por árboles caídos, los apartaron con cuidado antes de adentrarse.
Dentro pudieron descansar de la tenaz lluvia y de los insistentes truenos. Nézanel comenzó a sacudirse la ropa, pero paró repentinamente cuando el cazador le hizo un gesto de silencio.
-No querrás perder la presa ahora, hemos tenido suerte, nada más. Puedo asegurarte que es la única que queda en estos bosques -y vamos a matarla por un capricho, pensó.
El camino que se introducía en la cueva descendía hacia la oscuridad, no les costó adaptar sus ojos a ella y se introdujeron con sigilo. Las raíces de los arboles se adentraban en el pasadizo atravesando las paredes, algunas sobresalían tanto que atravesaban de arriba abajo la abertura. El camino seguía un descenso constante aunque cada vez menos pronunciado, casi no veían nada, Nézanel había puesto la mano en el hombro del cazador para seguirlo, este se guiaba casi a oscuras pero no le costaba trabajo adicional, usaba todos sus sentidos para desplazarse, no solo la vista.
El camino no tenia bifurcaciones, lo único difícil era no tropezar con las raíces sobresalientes en la creciente oscuridad, la lluvia ya quedaba muy lejos, solo un reguero de agua que bajaba entre sus pies les recordaba que fuera las nubes seguían descargando. Llegó un momento en que caminaban totalmente a oscuras, el Cazador solo redujo un ápice su paso, si hacía falta cazaría a oscuras, su oído era suficiente. Empezó a escuchar una respiración, lenta y calmada.
-Está ahí -susurró-, no hagas ningún ruido.
La reunión continuaba con normalidad, se habían tratado algunos temas importantes y habían degustado ya algunos platos. Los cocineros habían hecho un gran trabajo, con los pocos ingredientes que tenían habían conseguido cocinar una buena cantidad de platos y algunos de ellos incluso se asemejaban a elaboraciones con carne.
Se habían establecido dos conversaciones paralelas, las damas hablaban entre ellas y el Barón y el Señor entablaban otra conversación en la que el Barón comentaba sus próximas adquisiciones mercantiles y el señor parecía escuchar aburrido. Llegaron a un punto en el que el silencio llenaba cada vez más huecos entre las conversaciones y parecía que los invitados esperaban ya el plato fuerte.
La Señora se dispuso a llamar al servicio para que se dirigiera a las cocinas pero su marido se levanto antes y le hizo un gesto.
-No te molestes querida, yo me acercaré a las cocinas.
-No es necesario -ella se dispuso a dar dos palmas, el gesto que solían usar para llamar la atención del servicio.
-No, puedes estar tranquila y dejar al servicio descansar esta vez -ya se encaminaba hacia la puerta que daba al pasillo que bajaba a las cocinas-. Yo iré a por el plato.
En ese momento la señora guardó su sorpresa para sí, los cocineros no había podido preparar nada del gusto de su marido pues desgraciadamente la caza no había llegado a tiempo. Y no sabía realmente que tramaba su marido, intentó no pensar más en ello y continuar la conversación con los invitados de alguna manera.
-Hace mucho que ningún rumor llega hasta aquí, por favor -atrajo su atención con otra de sus encantadoras sonrisas-, contadme algún cuchicheo.
La Baronesa miró a su marido para buscar algún signo de aprobación, el cual encontró.
Se dice que en la corte ha habido ciertos escándalos -acercó un poco su silla y comenzó a relatar una serie de encuentros amorosos y que no pudo llegar a terminar porque el Señor irrumpió en la sala con una fuente de comida en sus manos.
Se posicionó en el extremo de la mesa, al lado del Barón, el cual esperaba con ansia para ver lo que ofrecía el Señor ahora.
-Ahora disfrutaremos de el primer gran plato de esta comida -bajó la fuente, en ella solo había unas cuantas patatas con un hueco vacio en medio.
La Señora no comprendía del todo lo que quería decir su marido, y al querer acercarse más golpeó con el codo una de las copas llenas de vino, que se vertió por la mesa y manchó todo su vestido, maldijo y se agachó para intentar secarlo antes de que se extendiera por toda la falda. Al frotar el primer manchurrón escuchó un grito que le heló la sangre e hizo que levantara la cabeza otra vez de inmediato, era la Baronesa, aún seguía chillando y miraba a al Señor.
El señor se situaba detrás del Barón y sostenía entre sus manos un cuchillo de cocina sobre la cabeza de este.
-Si las presas no llegan, cazaré yo -un relámpago iluminó la sala, que resaltó la figura del señor cerrando la boca con fuerza y bajando el cuchillo hacia el cuello descubierto del barón.
Iba tocando la pared con la mano derecha y con la izquierda sujetaba el arco y sostenía una flecha entre los dedos. Al notar que la pared giraba hacia la derecha notó algo inusual en una cueva, había luz. Era una luz que no había visto nunca, natural, pero no era como la solar ni la lunar, su color era verdoso y su intensidad espectral, venia del fondo de la cueva. Al girar, Nézanel quedó boquiabierto y el Cazador, por instinto, puso la flecha en su arco y apuntó.
Un extraño mamífero dormía encima de una cama de ramas que descendían desde el techo, parecería un venado grande salvo por los cuernos, más parecidos a los de un carnero, su pelaje era marrón y brillaba como el oro, motas verdes perlaban su lomo.
Al apuntar, algo que hacía una semana que no sentía volvió a su mente, aquel sentimiento de culpa, ahora hecho realidad delante de sus ojos, ¿era un sueño? No, escuchaba la lenta respiración de Nézanel y sentía como se impacientaba y en breve le diría algo. Pero no podía soltar, le era imposible, no podía.
-A que esperas, hazlo ahora antes de que se despierte -le susurró Nézanel.
-No podemos matarlo, sería un error, un gran error.
-Pero que dices, suelta ya y vámonos de aquí.
-¿No te das cuenta? No es un animal cualquiera, si lo matamos, algo malo pasará, eso lo sabes tan bien como yo.
-No tenemos tiempo, hay que volver al castillo, sí, tenía un presentimiento, un mal presentimiento, pero es solo un presentimiento. Aquí tenemos un animal, una gran presa, el Señor estará contento estoy seguro, y las cosas mejoraran a partir de aquí, el bosque se recuperará y nuestra racha acabará. Te ruego que acabes con esto ya.
Los motivos eran fuertes, tensó el arco y trazó una recta línea hasta el pecho del animal, que se movía rítmicamente con sus respiraciones.
-Dispara, por el amor de Dios.
El cuchillo bajó y penetró el cuello del Barón, las dos mujeres de la sala emitieron ahora un grito de terror, la baronesa se levantó y se pegó a los ventanales con tanta fuerza que uno de los cristales se rompió y una ventolera comenzó a entrar en la sala agitando y removiéndolo todo, la señora no paraba de gritar a su marido, el cual seguía troceando al ya moribundo barón. Cuando acabó, soltó el cuchillo, que cayó al suelo con un estruendoso sonido metálico capaz de rivalizar con cualquier trueno y dio dos palmadas. El servicio llegó a la sala y entraron corriendo alarmados.
-Coged la carne y llevarla a las cocinas, ya podéis preparar algo decente -limpió sus manos en el mantel, el color gules disimulaba la sangre.
Nadie se movió.
-Malnacido, sabía que tramabas algo -la Baronesa escupía las palabras-, por eso insistí en no venir a este maldito lugar sin vida -volvía a acercarse a la mesa-. Pero mi marido no llegó a ver el alcance de tus actos, nunca llegó a ser perspicaz. -Con una mueca de tensión en su cara y las lágrimas recorriendo sus mejillas, agarró con una fuerza que puso sus nudillos blancos un cuchillo de la mesa, no tan grande como el que había traído el señor pero más que suficiente para hacer daño.
Se lanzó blandiéndolo hacia el señor y este llamó al servició, pero no llegaron a tiempo, la Baronesa chocó contra él y comenzaron a forcejear mientras esta insultaba y el intentaba agarrar la mano con la que ella sostenía el cuchillo. Pronto cayeron al suelo, ella por encima y ahora con el cuchillo agarrado con las dos manos, dispuesta a bajarlo al instante.
Los dedos comenzaban a dolerte, y los músculos pronto se le cansarían, aún dudaba si disparar a pesar de la insistencia de Nézanel. Los pensamientos golpeaban su cráneo, como los truenos ahogados que conseguían llegar hasta donde estaban.
El animal pareció despertar, y miró al Cazador, no se movió y solo lo observaba con sus grandes y negros ojos. El Cazador comprendió que la presa no era ni siquiera natural, no era un animal, si no un espíritu de algo mayor, el espíritu de la vida, y sabía que era lo único que le quedaba al enfermo bosque, era la única mota de vida. Alguien lo había traído hasta aquí de una forma vil y antinatural, este no era su sitio.
-Hoy no vamos a conseguir ninguna presa, Nézanel.
-La tenemos delante, solo tienes que soltar -insistió.
Esta vez no dudó, soltó la flecha y esta se clavó en el corazón de la bestia, un leve gemido salió de su hocico y se quedó mirando al cazador, en un gesto que podría interpretarse como agradecimiento. La luz que emanaba desaparecía y la bestia parecía estar desvaneciéndose.
-Lo siento -fue lo único que alcanzó a decir el Cazador.
La bestia se desvaneció por completo.
-Volvamos -le dijo a Nézanel, no pudo ver su cara de incredulidad en la oscuridad.
Pasaron el resto del día caminando hacia el castillo, ya no tenían prisa. Todo sería un desastre a partir de ahora, llegar antes no les proporcionaría nada bueno.
Cuando llegaron a la primera puerta, a altas horas de l noche, la tormenta se había disipado por completo y la luz lunar bañaba el castillo, creando una estampa de cuento y resaltando su estirada silueta. Al llegar a la entrada del castillo la puerta estaba abierta y un viento que helaba la sangre recorría sus pasillos y patios, su susurro era el único sonido que escuchaban. Se encontraron a varios integrantes del servicio, los cuales no les dijeron palabra.
-Debemos ir al gran salón -urgió Nézanel.
Al llegar vieron a la señora arrodillada en el suelo, su apagado llanto chocaba con el sonido que producía el viento al entrar por el roto ventanal. Había un rastro de sangre en el suelo. Ella sostenía algo entre sus brazos, había algo tumbado en el suelo, una estatua de piedra que recordaba al Señor. El cazador se agachó, era el Señor, ella lo miró sin decir nada. Una efigie de granito exacta al Señor se recostaba en el suelo, tenía una mueca de dolor en su cara y un agujero en el pecho, habían extraído algo de él. Al ver el cuchillo tirado en el suelo a su lado el cazador comprendió.
Nézanel abrazó a la señora y se la llevó, su llanto se había transformado en sollozo.
El cazador examinó la estatua, era exacta, sin duda. El Señor se había transformado en piedra, no sabía cómo, pero estaba seguro de que tenía relación con el espíritu animal al que le habían quitado la vida hoy. El señor había estado en lo cierto todo el tiempo, había estado maldito de alguna manera. Al mirar con más detenimiento la herida petrificada que había causado el cuchillo vio algo en su interior. Una pequeña brizna verde salía de ella, el pequeño tallo de una planta llena de vida, que ya tenía una diminuta hoja, se abría camino dispuesto a crecer con vigor.
Hola, buenos días, he estado ojeando todos y cada uno de los posts, o la enorme mayoría de ellos y me semejan geniales, un saludo y sigue de esta manera.
Muchas gracias. Poco a poco seguiré subiendo más contenido.