El Paso de Teliafae

El Paso de Teliafae

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-¡Despierta idiota! -El Conde Wufrick dio un fuerte golpe en la mesa con la mano abierta. Rupert, azorado y asustado fue arrastrado de sus dulces sueños al mundo real en un instante. ¡Nos atacan! fue lo primero que pensó, se removió en su silla y tardó unos segundos en comprender que estaba sentado en su sitio de siempre. Apoyó las manos en los reposabrazos y se serenó.

De pie delante suya un hombre lo miraba con cara de pocos amigos, un enorme mostacho le tapaba la boca y sus ojos negros se clavaban como dagas en los suyos, aunque iba bien vestido no tenia buen aspecto, su pelo canoso estaba enmarañado y con una apariencia grasienta, su cara sucia, sus ropas llenas de polvo, y la manga derecha de su jubón estaba manchada de sangre. También portaba una inmunda coraza abollada y arañada que cubría su torso, una vaina vacía colgaba de su cinturón.

-¿Quién es usted, y qué es lo que quiere? -dijo Rupert mientas recogía los pergaminos sobre los que había estado durmiendo -si desea hablar con el Conde Elector, en estos momentos está reunido.

-Me importa un maldito pepino que esté reunido pedazo de escoria, tengo que hablar con él inmediatamente, es urgente -Wufrick estaba furioso y escupía mientras hablaba llenando el lustroso escritorio de Rupert de gotitas.

Rupert sacó un paño del bolsillo de su chaleco y las limpió, miró a Wufrick de manera ausente.

-Lo siento pero tendrá que esperar como todo el mundo, siéntese allí -señaló una silla al otro lado del pasillo-. Además, que formalidad tiene usted para dirigirse a mí, el escriba de su ilustrísimo, con semejante palabrería y vestido como un pordiosero cualquiera.

Wufrick no respondió, solo esperó, le habían recomendado esperar varios segundos antes de abrir la boca y soltar lo primero que pensaba como si de metralla se tratara. Sobre todo cuando trataba con gente de las altas esferas. Esperó… Rupert lo miraba impaciente, cruzó los brazos y empezó a dar topecitos con el pie. Wufrick ya había contado hasta la cantidad que le habían recomendado y habló más calmado.

-Soy el Conde Wufrick -hizo una pausa, respiró-. Traigo un mensaje a su ilustrísima el Conde Elector Garret Von Hestinger de Arberich. Vengo directamente del campo de batalla, llevo tres días cabalgando, durmiendo lo necesario y comiendo cecina. Tengo importantes y urgentes nuevas que estoy seguro -Wufrick miró muy de cerca a Rupert -que a su ilustrísima le interesará oír-.

Rupert se quedó mirándolo despreocupado unos segundos. Después dijo de manera muy petulante:

-Soy el escriba y secretario Rupert -hizo una pausa y después una respiración exagerada-. Y le vuelvo a repetir, Conde… -Miró de arriba a abajo a Wufrick con hastío- Wufrick, que debe esperar su turno como to…

-Maldito hijo de puta -Wufrick enganchó del chaleco a Rupert y lo levantó por encima del escritorio, varios pergaminos y un tintero cayeron al suelo-. Si mi espada no se hubiera quedado clavada en la cabeza de ese malnacido la desenfundaría para abrirte de arriba abajo. Rupert pataleaba, intentaba soltar las callosas y sucias manos de Wufrick de su ya no tan inmaculado chaleco, lanzó un chillido agudo mientras cerraba los ojos para no mirarlo.

-¡Guardia! ¡Guardia! -La voz le temblaba.

Al instante aparecieron en el pasillo dos guardias y corrieron hacia ellos. La puerta también se abrió y por ella asomó un hombre de barba bien recortada. Al ver al Conde Elector, Wufrick soltó a Rupert con fuerza, este cayó en su silla con tanto impulso que se balanceó hacia atrás y volvió a caer quedando patas arriba. Garret hizo un gesto a los guardias para indicarles que no había peligro.

-Conde Wufrick, es una verdadera sorpresa verle aquí -Garret habló con la tranquilidad que caracteriza a los hombres que han visto las consecuencias de la guerra demasiadas veces para que los sobresalte algo-. Pensaba que los menesteres que le corresponden lo mantendrían bastante lejos por una temporada.

-Mi señor -Wufrick hizo una reverencia-. Traigo importantes nuevas con celeridad desde los campos de Teliafae, si me permite-.

Garret meditó unos segundos. -Por supuesto, pase a mi despacho -acompañó la invitación con un ademan. La cara de Garret se ensombreció, se temía malas noticias.

Wufrick entró en el despacho y el Conde Elector detrás de él, la puerta se cerró. Rupert se levantó, arregló sus ropas enfadado, colocó la silla y se dispuso a recoger los pergaminos tirados por el suelo, luego llamaría a un criado a que limpiara la tinta y recogiera el tintero roto. Miró a los guardias, se marchaban a sus puestos, iban hablando entre ellos, Rupert también escuchó cómo se reían.

Dentro del despacho la luz entraba por un gran ventanal situado en la pared de enfrente detrás del escritorio del Conde Elector, el haz de luz iluminaba la parte central de la estancia dejando las paredes cubiertas de estanterías y muebles en las sombras, motitas de polvo bailaban en él. Había un hombre sentado enfrente del escritorio, Wufrick lo miró, llevaba una gran toga negra, su piel era pálida como el mármol y su cara, angosta y de mejillas hundidas, estaba tachonada con una gran nariz. El hombre lo miraba sin comprender y con un ápice de indignación, después miró a Garret.

-Permítame un momento maese Bogdan -le dijo Garret-, Wufrick, le presento al Archilector Bogdan.

Wufrick hizo una reverencia, le dolía la espalda y el culo después de un viaje tan largo, pero aguantó el dolor sin quejarse. Bogdan asintió levemente en un gesto engreído, como si estuviera dando limosna a un indigente. Garret ofreció asiento a Wufrick al lado de Bogdan, después se sentó detrás del escritorio, apoyó los codos encima de la mesa y cruzó las manos.

-Y bien Conde Wufrick, cuales son las nuevas que trae con tanta inquietud.

-Si disponemos de tiempo suficiente me gustaría explicárselo todo…

 

Wufrick se encontraba en un estado de duermevela intranquila dando vueltas en su camastro, había algo de revuelo en el campamento, más de lo normal, los ruidos lo habían despertado hacía unos minutos. Se sentó en la cama, estiró los brazos e hizo que su espalda crujiera mientras bostezaba. Era demasiado viejo para esto, estaba cansado, cuando no eran unos, eran otros, y ahora esos estalianos hijos de puta. Su vejiga le impidió pensar más, salió de su tienda y se acercó a un árbol, desanudó su pantalón y lo demás vino solo. Mientras disfrutaba alguien se acercó a él corriendo.

-Mi señor, buenas nuevas –traía un pergamino en la mano-. Los estalianos se han rendido, se retiran, han enviado un mensajero antes del amanecer. –Le ofreció el pergamino.

Wufrick se la sacudió y la volvió a meter en el pantalón, cogió el pergamino.

-Esta bien capitán Hann, puede retirarse.

Hann saludó llevándose la mano a la frente, dio media vuelta y se fue. La carta no parecía falsa, estaba firmada por Wymond, actual líder de los insurgentes estalianos, y el lacre tenía su sello, no, no era falsa. La leyó, decía que el ejército estaliano se retiraba y que la insurrección había terminado, nada más. Las tropas de Wufrick estaban esperando la aparición de las huestes estalianas para hacerles frente en el Paso de Teliafae, habían elegido estratégicamente esta ubicación para diezmar el ejercito estaliano compuesto mayoritariamente por infantería. Sin embargo esta carta mantenía que la insurrección había terminado.

Entró en su tienda y se vistió como todos los días desde hacía dos semanas, puso encima su coraza y ajustó el cinturón con su espada en la cintura. Anduvo por el campamento en busca de Piers, veía soldados amontonando cajas y empaquetando cosas, algunos incluso habían empezado a desmontar sus tiendas de campaña. ¿Qué es todo esto? pensó, ¿quién ha dado la orden? Al cabo de un rato localizó a Piers, su segundo al mando.

-¿Qué es lo que pasa aquí? –le preguntó malhumorado.

-Supongo que ya lo sabrás ¿no? Los estalianos se retiran, no quieren luchar contra nosotros, saben que en el Paso de Teliafae los masacraremos como cucarachas.

-Sí, y también nos dicen que la insurrección ha terminado. ¿Acaso el que los estalianos decidan no luchar –Wufrick escupió-, hace que una insurrección de tal magnitud se acabe?

-Es normal, era su única baza, si los estalianos se rinden ¿qué les queda? Campesinos mugrientos con porras y unos cuantos soldados de verdad. No pueden hacer nada. Veo perfectamente lógico que hayan decidido acabar con esto. ¿Es que no te basta Wufrick? Llevamos semanas intentando sofocar esto, y ahora que por fin acaba, te levantas como un perro rabioso.

-Las cosas no son tan fáciles Piers, esto no ha acabado, lo sé.

-Wufrick, piénsalo por favor, no tenían ninguna posibilidad de victoria en el Paso de Teliafae, se han rendido, han sido listos por esta vez, espera a que los exploradores vengan y veras –Piers señaló el Paso de Teliafae, escondido entre las montañas a lo lejos-. Estoy seguro de que allí no aparecerá ni un alma en los próximos días. Vámonos a casa de una vez.

-¿Es que la bebida y las putas te han nublado la mente Piers? De aquí no nos movemos hasta que yo lo diga –Wufrick no estaba muy seguro, no hacía más que ver soldados haciendo el equipaje.

-Me temo que eso no es así Wufrick.

-¿Qué quieres decir, vas a desobedecer a tu general?

-Si las putas y el alcohol han nublado mi mente, te aseguro que aún no han llegado a ese nivel. No, Wufrick, no voy a desobedecer las órdenes de ningún general. Pero el caso es que tú ya no eres el general –Wufrick lo miró sin comprender nada-. Hoy ha llegado el Archilector Radomir en su altar de Sigmar y ha reclamado el mando del ejército, es tu superior Wufrick, tendrás que acatar lo que te diga. Ya sabe de las noticias sobre los estalianos y ha mandado hacer bultos todo para irnos –Piers levantó las manos en un gesto de resignación.

La vesícula biliar de Wufrick estaba por estallar, dio un puñetazo a una pila de cajas y las tiró, el soldado que estaba a su lado amontonándolas abrió la boca para protestar pero no dijo nada en cuando vio quien las había tirado. Subió a un montón de cajas y bultos para que se le viera bien y a viva voz dijo:

-¡Escuchad, hombres! ¡De este campamento no se mueve ni Dios hasta que yo lo diga! –Vio como Piers se tapaba la frente con la mano-. Asique ya estáis metiendo vuestros malditos trastos otra vez en las tiendas, porque nos vamos a quedar aquí, es una orden.

Los soldados que andaban pululando por la zona se quedaron petrificados, no sabían qué hacer, les habían dado órdenes opuestas. Wufrick los miró severo, ellos habían visto luchar al Conde incontables veces, se podían decir muchas cosas sobre él, que era malhumorado, maleducado y malhablado, pero nadie diría que era tonto o cobarde. Algunos de ellos, los más fieles a Wufrick, comenzaron a desempaquetar todo, y poco a poco más soldados los siguieron. Quedaron unos pocos que aún no se habían movido.

-He dicho que es una orden –Wufrick los miró-. ¡Moved el culo!

Al instante se pusieron a trabajar. Bajó de las cajas y se dirigió a Piers, parecía consternado.

-Te vas a meter en un lio muy gordo Wufrick.

-¿Dónde está mi caballo? –Paró al primer soldado que vio-. Tráeme mi caballo.

-¿Qué vas a hacer ahora? –Había preocupación en la voz de Piers.

-Voy a hablar con ese tal Radomir. ¿Sabes dónde está?

-La última vez que lo he visto estaba hablando con Iseut, pero –El soldado llegó con el caballo de Wufrick, éste montó con brío-, ¿qué pretendes Wufrick?

-Qué ese Radomir no ceda esta posición, no nos vamos, coge tu caballo, vienes conmigo –acto seguido se dirigió a la colina donde estaba situada la tienda de Iseut, el mago de la luz que los acompañaba en esta campaña.

Mientras cabalgaba vio a más hombres haciendo equipaje, los caballeros no llevaban sus armaduras puestas, todo el campamento creía que hoy no iban a luchar.

-Ordena a todo el campamento que deshagan equipaje y que se preparen como cada mañana Piers, después reúnete conmigo en la colina.

Piers lo miró receloso, pero por encima de todo confiaba en Wufrick. -A sus órdenes –Dio media vuelta negando con la cabeza y comenzó a ordenar todo el campamento.

Cuando llegó a la colina se encontró a Iseut, vestido de azul y apoyado en su gran callado con forma de guadaña, hablaba con un hombre calvo con un gran bigote y muy emperifollado, de su cinturón colgaba un gran martillo y sus ropas llevaban el símbolo de Sigmar por todas partes. También había un hombre de avanzada edad mirando por un telescopio apoyado en un trípode, era el maestro ingeniero Derek von Bertram. Bajó de su caballo y se acercó a ellos.

-El Conde Wufrick, imagino –dijo Radomir-. Es un gran honor conocerle –Le ofreció la mano, Wufrick no le correspondió-. Veo que los modales no son su punto fuerte. En cualquier caso, estaba discutiendo con Iseut la manera más rápida de llegar Arberich.

-No vamos a ir a Arberich –Wufrick negaba con la cabeza-. Es posible que los estalianos se hayan retirado, pero dudo mucho que esta campaña haya acabado aquí, y mucho menos la insurrección del sur.

-Da la casualidad de que ahora estoy al mando por orden del Conde Elector, he venido lo más rápido posible para ordenar las cosas aquí, y visto que no hay nadie contra quien batallar, nos vamos, el gasto que supone mantener a tal magnitud de hombres en campaña no es asumible, esto tiene que acabar ya. Dado que las circunstancias nos favorecen, la mejor opción es desmontar el ejército y darle otro uso a las tropas en otros lugares. Pero no estar aquí parados más días esperando a nadie por culpa de sus malos augurios.

-Serán malos augurios para usted, a mí me guía la experiencia y en este caso me dice que esto no ha acabado-. Iseut miraba a un lado y a otro sin abrir la boca.

-Poco importa lo que diga, soy la máxima autoridad en este campamento, nos vamos, no añadiré más.

Wufrick se tragó sus palabras y cerro los puños, sus labios se tensaron debajo de su bigote. -A sus órdenes –masculló. Pero no se dio por vencido, no estaba en su naturaleza rendirse.

Fue a hablar con el Maestro Ingeniero y le pidió que le dejara mirar por el telescopio, Radomir siguió hablando con Iseut. Al rato llegó Piers.

-Los exploradores se están retrasando –anunció-, no es normal. Y tengo otra mala noticia, los batallones de arcabuceros se han largado ya-. Todos le miraron. Radomir se acerco a él.

-Envía una patrulla de reconocimiento a las posiciones de los exploradores, que vayan bien armados y que vuelvan en una hora. En cuanto a los arcabuceros, déjalos, es mejor que el ejército marche por partes.

La incompetencia que mostraba Radomir era increíble, pensó Wufrick, todo esto le olía muy mal. Siguió mirando por el telescopio hacia el Paso de Teliafae, solo vio unos cuantos buitres sobrevolando las montañas. Al rato también vio algo en el valle que formaba el paso, tenía forma humana pero no lo veía muy bien.

-¿No se puede aumentar esto, Derek? Quiero ver más lejos.

-Sí, claro –Derek movió dos de las lentes que construían el telescopio y giró uno de los tubos que lo componían-. Listo.

Ahora veía con más claridad el valle y el paso. Era un hombre, estaba seguro, un hombre quieto en medio del paso. ¿Quién mierdas es ése? Intentó centrar más el objetivo, no lograba distinguir sus facciones, su cara iba tapada con el ala de un gran sombrero negro, su cuerpo con una toga también negra, y llevaba un báculo con una calavera en la punta superior.

Wufrick escuchaba hablar al Archilector y a Iseut, iba a decir algo cuando vio que el extraño hombre se movía, avanzaba y de repente movió el báculo en dirección hacia ellos. Un olor nauseabundo inundó sus pulmones, olía a muerte y putrefacción.

-¿Qué es ese olor? –Pregunto Radomir frunciendo la nariz.

-Son los estalianos –respondió Wufrick.

-No sea necio, eso es imposible, no han podido llegar tan rápido, su mensajero ha tardado tres días en llegar –dijo el archilector indignado.

-Claro que es posible, ellos no necesitan descansar… –Wufrick mantenía un tono lúgubre mientras miraba por el telescopio-. Están muertos.

Todos se acercaron con rapidez al borde de la colina y vieron con sorpresa lo que se les venía encima. Una marabunta de esqueletos y zombis salía del Paso de Teliafae, eran miles, más de miles. Wufrick había perdido el rastro del hombre misterioso entre tantos muertos vivientes.

-Toca a formar Piers –ordenó Wufrick-. Parece que hoy tendremos que luchar.

Piers acató la orden, Wufrick había estado acertado todo el tiempo.

-Por Sigmar, ¿qué es todo esto? –expresó asombrado el Archilector.

-Los estalianos se han rendido porque su ejército ha sido convertido en eso –Wufrick señaló con un gesto despectivo-. Es verdad que la insurrección ha terminado, pero ahora ha empezado algo peor. Seguramente Wymond ha escapado y nos ha enviado al mensajero para que nos fuéramos, ese hijo de puta prefiere ver nuestras tierras arrasadas por los muertos antes que en nuestras manos. Hay que pararlos, aquí y ahora, si no será peor, con cada aldea que arrasan su ejército crece.

-Sé muy bien cuales son las pautas de un ejército de muertos vivientes Conde, no hace falta que me dé lecciones, y sí, lucharemos, Sigmar no puede permitir este acto impío. Tenemos la suerte de que esté aquí, mis plegarias ayudarán, y sin duda nuestro hechicero versado en las artes de la luz será de gran utilidad –Iseut hizo una reverencia, el Archilector prosiguió-, habrá que protegerlo a toda costa, usted se encargará Wufrick junto con los escuadrones de alabarderos, también hará las funciones de Portaestandarte del ejercito.

Wufrick miró a Radomir lleno de furia, primero le quitaba el mando del ejército y ahora lo relegaba a una simple posición defensiva, y lo que era peor, le daba el estandarte del ejército.

 

Al otro lado, en el Paso, un hombre giboso rodeado de cadáveres andantes avanzaba cojeando apoyado en su bastón. A Abindhar le había venido de perlas haberse encontrado con ese gran tropel de infantería estaliana, le había sido tan fácil aniquilarlos y convertirlos que se lo había tomado como una bendición, como un buen augurio que lo incitaba a avanzar cada vez más lejos y arrasarlo todo, ahora su ejército era el doble de numeroso.

Poco a poco iba posicionando todas sus tropas en el campo abierto, esqueletos, zombis, perros monstruosos, horrores inmundos de dos metros y medio, espectros, todo tipo de pesadillas y seres angustiosos. Sabía que delante suya esperaba un gran ejército que quizá podría haberles hecho frente si no se hubieran encontrado con los estalianos, ahora, pobres de ellos.

Las tropas marchaban estruendosamente levantando polvo con cada paso, a algunos les faltaban los brazos y a otros las piernas pero todos se las arreglaban para avanzar. Abindhar divisó como los imperiales formaban rápidamente una gran línea de batalla preparándose para luchar, un gran carruaje coronado con la estatua de un grifo corría de un lado a otro. Vaya, tienen a un calvito, interesante. Un hombre encapuchado se acercó a Abindhar y le susurró.

-Todo está preparado, mi señor, ¿quiere que dé comienzo al ritual? –Su voz era grave.

-Por supuesto Yekath –Abindhar abrió sus brazos-. ¡Que empiece la función!

Yekath mandó parar un carro que traían dos corceles esqueléticos, los esqueletos que pululaban cerca bajaron la carga que portaba, un ataud de piedra con una lápida, y lo dejaron en el suelo. Yekath se acercó y comenzó a susurrar y a hacer gestos con las manos, rodeó el ataud varias veces y luego se posicionó delante. Abindhar estaba eufórico.

Yekath continuó subiendo cada vez más su voz y gesticulando cada vez más deprisa y enérgicamente, su oscuro cantico fue correspondido por voces graves que provenían del interior del ataud. Abindhar ya era capaz de sentir la energía, de sentir la magia que se estaba despertando, dejó escapar un suspiro. El cantico continuaba cada vez con más voces, la lápida comenzó a moverse, algo despertaba dentro, pequeñas sombras se movían alrededor y una luz verde mortecina asomaba entre las aberturas, en este instante Yekath gritaba estremecedoramente y cuando culminó su cantico con una gran nota la lápida salió despedida por los aires y un torrente de espectros verdes y pálidos salió del ataud con un gran estruendo rodeando a Yekath y Abindhar, éste tuvo que sujetarse el sombrero para que el viento huracanado no se lo llevara.

Caballeros y doncellas espectrales se movían en un torbellino fantasmagórico sin fin, el ataud no paraba de escupir espectros, comenzaron a formar una cabalgata espectral que tiraría del ataud y la lápida, toda la magia nigromántica que desprendía revigorizó a Abindhar dándole fuerzas, sintió que la magia fluía por sus venas activando cada musculo, las manos le temblaban, era una sensación increíble. Miró a su alrededor, todas las tropas comenzaron a moverse con más energía, algunos incluso comenzaban a recuperar sus miembros perdidos.

Yekath subió al ataud y cogió las riendas de los dos caballos espectrales más cercanos.

-Ritual completado, mi señor –dijo con su grave voz.

-Excelente Yekath, como siempre, gracias -Abindhar mostró una sonrisa mellada.

Yekath hizo una reverencia y agitó las riendas, el torrente de espectros subió el ataud a los cielos emitiendo agudos relinchos y sonidos agónicos, y ahí se mantuvo patrullando las alturas como una nube pesimista hasta que la batalla comenzara.

 

Ante la visión de semejante horror los hombres del imperio vacilaron, ya habían formado y casi todos estaban en sus puestos, pero estaban inquietos, el nerviosismo se podía sentir en el aire. ¿Qué demonios…? Se preguntaba Wufrick, ¿cómo vamos a derrotar eso?

Ahora se situaba en el frente de la unidad de alabarderos de Arberich portando el pesado Estandarte de batalla homónimo, a su izquierda un destacamento de sus mejores hombres protegía a Iseut. Se escuchaban corceles acercándose, eran los que tiraban del altar de Sigmar que había traído Radomir, la estatua que portaba era impresionante, un grifo áureo en posición rampante, ciertamente el solo verlo elevaba la moral. Radomir iba de pie en una plataforma que sobresalía por delante, llevaba su martillo en la mano derecha y un libro en la izquierda, cuando pasaba por delante de las distintas tropas levantaba el martillo y pronunciaba unas palabras, los soldados lo saludaban con gritos al pasar.

Se detuvo delante de la unidad de alabarderos, levantó el martillo y pronunció la oración, Wufrick sintió que todo el cansancio que había acumulado todos estos días de campaña se desvanecía como un terrón de azúcar en agua. Después Radomir le dirigió una mirada severa.

-Se quedarán aquí a la espera de nuevas órdenes el resto de la batalla, mantendrán la posición y la defenderán, protegerán a Iseut a toda costa. Acto seguido puso su carruaje en marcha otra vez. Wufrick escupió y recoloco sobre su hombro el gran mástil.

-A sus órdenes, capullo- lo masculló tan bajo que nadie lo oyó.

Después de repartir todas las bendiciones y oraciones, Radomir posicionó el altar en el flanco derecho del ejército. Todo permanecía en silencio y calmado, se escuchaba algún carraspeo, el tintineo de las armas y armaduras al chocar, y el murmullo del viento. La calma se rompió con un estruendo enorme, como si del derrumbamiento de una ladera montañosa se tratara, los muertos avanzaban. Se escuchaba gritar a Radomir:

-Sed valientes y no temáis a las criaturas y engendros impíos de ultratumba pues Sigmar está hoy con nosotros, luchad con brío y fuerza, no dejéis que den un paso más dentro de nuestro hogar -Daba énfasis a sus palabras agitando su martillo en dirección al enemigo-. ¡Por el imperio y por Sigmar! Plantad vuestros pies fiemes en el suelo y no retrocedáis, la victoria y la gloria nos esperan.

Wufrick también tenía su propio discurso para sus hombres.

-Señores, lo que tenemos enfrente se reduce a carnaza infecta sin cerebro, ¿acaso va a hacernos daño alguien con la misma habilidad para el combate que nuestros abuelos? -Se escucharon algunas risas-. Se nos ha ordenado mantener la posición, y eso haremos. Lucharemos si llegan, pero tened cuidado, a los estalianos les han hecho un gran favor, ahora son zombis, asique lucharan algo mejor-. Las carcajadas de los alabarderos limpiaron totalmente el nerviosismo que se palpaba en el ambiente. -Iseut, no sé qué coño es esa maraña de espectros que los sobrevuela, pero acaba con ello.

Iseut asintió.

-Haré todo lo que esté en mi mano.

El sonido del primer cañonazo se escuchó como un trueno repentino y rápido, se vio como la bola se llevaba por delante unos cuantos zombis. Abindhar andaba entre la multitud, en primera línea, se reía, eran tan pocos… Vio la bola de cañón estamparse contra unos cuantos zombis.

-Fiuuuuu -dijo alegre levantando los brazos viéndolos volar-. Eso es, tenéis que esforzaros al máximo, si no… Os pondré mala puntuación- se rió como un maniaco, su mandíbula se desencajó y se quedó colgando, la volvió a colocar en su sitio con un movimiento brusco de la cabeza, lo hacía a menudo.

Vio algo a lo lejos, un destello de luz entre los enemigos, un mago preparando un conjuro.

-No, no, no, eso sí que no -negó con el dedo-. ¡Niño malo! Abrió su mano y concentró energía en ella, acto seguido la cerró y tiro hacia atrás, el destello desapareció.

Iseut vio como toda la energía mágica que había concentrado para canalizar el hechizo se liberaba y se dispersaba por el aire sin que él pudiera evitarlo.

-Su magia es demasiado fuerte, ¡no puedo hacer nada! -exclamó Iseut.

-¡Sigue intentándolo! en algún momento tiene que cansarse.

Wufrick vio como Abindhar extendía su báculo hacia la derecha y luego en un movimiento rápido hacia delante. Una jauría de bestias cuadrúpedas se adelanto al ejército, corrían con ferocidad, había zonas en las que el pelaje dejaba ver los músculos y órganos internos, los huesos sobresalían de sus extremidades y sus fauces eran aterradoras.

El Maestro Ingeniero Derek revisaba que todo estuviera en orden mientras sus artilleros trabajaban, el cañón no estaba dando ningún problema, se acercaba de vez en cuando a calibrar su ángulo de disparo, ya que con cada disparo el retroceso lo descolocaba, pero nada más. En cuanto vio la jauría de bestias que se les acercaba a toda velocidad lo tuvo claro.

-Preparad el cañón de salvas.

Los artilleros ya lo habían puesto en marcha, la máquina echaba vapor y hacia un ruido de mil demonios, y eso que aún no estaba disparando.

-Apunten.

El artillero que se encargaba de ello lo encaró hacia las bestias, aún estaban lejos, aunque se acercaban rápidamente. Los otros dos restantes se taparon los oídos. Derek esperó un poco más, las bestias se acercaban. Un poco más y….

-¡Fuego!

El artillero accionó la manivela que ponía en marcha el mecanismo de disparo, la máquina parecía que iba a reventar, echaba vapor y humo, emitía un sonido agudo, las bestias estaban cada vez más cerca, y en el último momento… el cañón dejó de moverse y no disparó nada. El artillero se quedó atónito, accionó la manivela otra vez, y otra, y otra pero la máquina no se dignaba a disparar. Derek se acercó a ver qué pasaba.

-¡Rápido, rápido! -El artillero estaba muy nervioso, tenían las bestias a veinte zancadas.

-Eres un cabeza de chorlito sin remedio Robert, mira que te he dicho siete mil veces ¡qué le quites el puto seguro antes de accionar la manivela! -Derek desenganchó una tuerca rápidamente y quito un tornillo, después accionó la manivela.

Una traca ensordecedora de explosiones y mucho humo fue lo que vino después, las primeras bestias cayeron acribilladas, casi desintegradas, el cañón de salvas siguió escupiendo plomo hasta que ninguna de ellas quedó en pie, después paró repentinamente. Robert tosió varias veces, el humo se le había metido en la garganta y le pitaban los oídos, cuando la humareda se disipó vio que habían acabado con todas, estaba harto de este trabajo. Derek apareció entre la humareda y dio un coscorrón a Robert.

-Eres un inútil -dijo malhumorado con su voz ronca-. Los jóvenes no estáis hechos para esto.

 

Al otro lado, Abindhar vio como sus bestias eran aniquiladas. Qué pena, pensó irónicamente. Extrajo energía mágica con la ayuda de Yekath que patrullaba aún las alturas.

-Levantaos y servidme -Lanzó la energía al aire y pronunció las palabras apropiadas en un idioma desconocido para muchos.

Más muertos vivientes surgieron del suelo por todas partes y siguieron la marcha imparable del ejército hacia los humanos, la horda crecía.

-Son demasiados y nosotros aquí parados -mascullaba Wufrick.

Radomir se mantenía a su derecha esperando el momento apropiado para entrar en combate, seguía lanzando sus plegarias. Por el ruido y los gritos sabía que el combate cuerpo a cuerpo ya había comenzado. Miró a Iseut, se esforzaba al máximo pero no conseguía ningún resultado. Ese torbellino de espectros reforzaba a todo el ejército enemigo, tenían que derribarlo como fuera.

-¡Vamos Iseut! piensa en tu mujer, en tus hijos, hazlo por ellos, se fuerte ¡vamos! Tienes que derribarlo-.

Iseut negaba con la cabeza.

La batalla avanzaba y no de cara para las tropas imperiales, Abindhar no hacía más que levantar cada vez más muertos vivientes para que le sirvieran, había muertos por todos lados, la cantidad de esqueletos y zombis era abrumadora.

Derek sabía que ya no había ninguna esperanza para él y sus artilleros, sin embargo los animó a trabajar más rápido, no morirían sin luchar. Los cañones disparaban sin parar, con cada disparo o traca se llevaban grandes cantidades de enemigos de vuelta a la tumba, pero los huecos que dejaban siempre volvían a rellenarse. Ya estaban tan cerca que podía mirarlos a sus cuencas vacías desalmadas. A su izquierda un gran horror, una criatura de tres metros formada por carne retorcida y huesos que sobresalían había agarrado por la cintura en una de sus manos a uno de los artilleros del cañón, abrió su boca llena de dientes puntiagudos y le arrancó la cabeza, después lanzó el cuerpo decapitado a los otros dos que huían.

Derek apartó la mirada asqueado, varios esqueletos habían llegado hasta ellos y luchaban contra sus artilleros. Sacó su pistola y disparó al esqueleto más cercano en la cabeza, se derrumbó en un montón de huesos, fue retrocediendo y disparando hasta que se quedó sin munición, en ese momento tiró la pistola al suelo y sacó la espada de su vaina, paró el golpe que le dirigía el primer esqueleto y correspondió con un tajo a su cuello huesudo, pronto estaría rodeado, pero decidió seguir luchando, con una estocada certera reventó el cráneo del siguiente, el próximo rival no era un esqueleto, o al menos no era uno como los demás, portaba una armadura completa y un estandarte tan roído y desgajado que casi ni se mantenía ondulando, manos y vísceras colgaban de él.

-Ven aquí engendro-. Derek lanzó una cuchillada directa a su nuevo enemigo.

Este la paró y dirigió un golpe a la cabeza de Derek con rapidez.

Ahora Wufrick moría de impaciencia, estaba parado a la espera de órdenes viendo como sus hombres caían en el frente. Radomir aún no había decidido actuar ni ordenaba nada. Piers se acercó en su caballo entre el bullicio y lo paró delante de Wufrick, había perdido su casco y tenía media cara ensangrentada con el pelo apelmazado.

-El flanco izquierdo ha caído, pronto vendrán hacia aquí y nos rodearan-. Dijo exhausto.

-El flanco derecho aún aguanta, tenemos que reagrupar lo que nos queda y atacar de frente, ¡pero Radomir no se mueve! –Casi no se oían en el tumulto de sonidos de la batalla, tenían que gritarse aunque estuvieran a dos pasos.

Hubiera parecido que Radomir había leído el pensamiento a Wufrick puesto que se lanzó a la batalla envuelto en llamas espoleando a sus corceles. Pero sin ordenar nada. Cada vez tenían menos esperanzas. Mientras hablaban escucharon un zumbido grave, provenía de Iseut. Éste había canalizado por fin una gran cantidad de energía e intentaba mantenerla entre su mano izquierda y su bastón.

-¡NO PUEDO CONTROLARLO! –Todo su cuerpo temblaba, rayos de varios colores salían de sus manos quemando todo lo que tocaban. Estaba en tensión, parecía contener una gran fuerza que él no podía soportar. -LO VOI A LIBERAR, A CUBIERTO, Sigmar dame fuerzas.

Wufrick, Piers y todos los alabarderos cercanos se tiraron al suelo. Iseut liberó la energía, sus ropas se rasgaron, salía sangre de sus oídos y su nariz, su bastón se rompió en diez pedazos, se produjo una gran explosión, la onda expansiva se llevo a varios hombres por delante y las llamas quemaron a otros tantos. Wufrick se temía lo peor, Iseut había muerto y habían perdido su única oportunidad de acabar con los espectros.

Cuando el polvo levantado se disipó, miró hacia el lugar donde había estado Iseut esperando ver a un hombre carbonizado, pero lo que vio fue totalmente lo contrario. Iseut estaba ahí, de pie con un brazo extendido hacia el cielo, su cara estaba llena de sangre y quemaduras, sus ropas rasgadas volaban al viento.

-¡YO TE DESTIERRO A LA TUMBA DE DONDE PROVIENES! Un rayo de luz cegadora salió de la mano de Iseut hacia los cielos con una fuerza imparable emitiendo un sonido atronador, Abindhar y Yekath intentaron pararlo usando sus poderes pero no fueron capaces, el rayo se estrelló directamente contra Yekath, lo atravesó limpiamente y siguió su camino mucho más allá.

Escucharon un chillido ensordecedor, Yekath y todos los espectros que lo acompañaban brillaban y se convertían en cenizas, poco a poco fueron desapareciendo, se revolvían en un torbellino verde y amarillo hasta que lo único que quedó fue una esfera diminuta que flotaba. Esa esfera estalló al momento generando una fuerza enorme que se llevó por delante una gran cantidad de esqueletos y zombis. Iseut cayó de rodillas y puso las manos en el suelo, estaba totalmente exhausto.

-¡Lo has conseguido viejo cabrón! –Lo animó Wufrick, se puso la mano de visera y miro al cielo-. Has aniquilado a todos los espectros.

Después se acercó al mago y lo sujetó, Iseut se tumbo en el suelo.

-La batalla aún no ha acabado Wufrick, preocúpate de lo que tienes que hacer, aún no hemos perdido todo, escucha, ya no tienes por qué defenderme, ni a mí, ni la posición –Iseut escupió sangre-, coge a tus mejores hombres y carga al frente, tienes que acabar con él –Señaló a Abindhar, que andaba entre toda la multitud de muertos vivientes-. Todo su ejército caerá cuando no tengan ningún sustento mágico.

Wufrick lo comprendió al instante, era su única oportunidad, en el flanco izquierdo ya no había tropas y pronto los arrasarían, el flanco derecho aguantaba pero no por mucho tiempo, también cedería, si se metían de lleno en el frente los rodearían y los aniquilarían tarde o temprano, a menos que consiguieran lo que Iseut proponía. Era una jugada a todo o nada.

-Está bien, descansa amigo, hoy te has ganado un sitio al lado de Sigmar. Miró a Piers, este asintió. Wufrick se levantó y alzó su espada. -Ha llegado el momento que tanto estábamos esperando –los alabarderos lo vitorearon, estaban cansados de no hacer nada-. No lo demoremos más, ¡A la carga!

Corrieron gritando enfervorecidos como barbaros, por fin había llegado su hora, un gran tropel de esqueletos se dirigía hacia ellos. Al no haber entrado aún en batalla estaban totalmente descansados, chocaron contra los esqueletos cual bola de demolición y lucharon con fiereza. Wufrick daba tajos a diestro y siniestro con su espada, el estandarte le molestaba pero podía luchar mejor que nadie, a su vez trataba de localizar a Abindhar, no lo veía por ninguna parte.

Sus hombres estaban masacrando esqueletos pero parecían no acabarse nunca. Vieron el Altar de Sigmar conducido por Radomir luchando en el flanco derecho, un esqueleto con armadura completa y un estandarte desgajado había subido a la plataforma e intercambiaba golpes con él, no parecía que ninguno de los dos llevara ventaja, de pronto Radomir dio un tremendo golpe con su martillo en el pecho de su oponente, no causó ningún daño pero el esqueleto perdió el equilibrio, Radomir aprovecho y le propinó una patada que lo tiró de la plataforma, varios esqueletos intentaban subir al carro, Radomir parecía abrumado, cogió las riendas, espoleó a los caballos, dio media vuelta y se alejo del combate a toda velocidad.

Sabía que eras un cobarde Radomir, dijo Wufrick para sus adentros, después propinó un tajo a un esqueleto cortándole el brazo. Estaban empezando a cansarse y varios de sus hombres habían caído, Wufrick miraba por todas partes mientras luchaba, no veía a Abindhar. Piers gritaba:

-Cada vez que matamos a uno, lo remplazan dos, es imposible, son infinitos. Wufrick no contestó, siguió buscando a Abindhar.

Cuando acabó con su siguiente oponente vio a lo lejos una figura que levantaba los brazos y sonreía, era él, estaba muy lejos.

-Está allí Piers, ¿lo ves?

-Demasiado lejos, no llegaremos hasta el.

-Tenemos que llegar, tenemos que abrir hueco, tenemos que acabar con ese hijo de puta-. Los hombres seguían luchando pero también habían caído algunos, además se empezaban a ver tropas enemigas en la retaguardia-. Vamos Piers, ordena empujar el centro.

Juntos ordenaron a la vez empujar, los hombres se agruparon y empujaron con fuerza la zona central de la línea de batalla, los de adelante acababan con las tropas y abrían hueco, los de los laterales defendían a sus compañeros. Wufrick iba en cabeza, el estandarte le pesaba cada vez más, no se lo pensó dos veces. A tomar por culo, soltó el estandarte encima de varios esqueletos a los cuales aplastó, desentumeció su hombro izquierdo y cogió el primer escudo que vio. Ahora sí.

La formación se había convertido en algo parecido a la punta de una lanza, avanzaban cada vez más hacia el interior del ejército enemigo recibiendo golpes por todos lados, era un suicidio. Cada vez estaban más cerca de Abindhar, con varios empujones más llegaron a colocarse bastante cerca de él. Estaba subido encima de una roca.

-Mis saludos -Abindhar cogió su sombrero y lo llevo hasta el suelo en una reverencia exageradamente pronunciada-. ¡Sed bienvenidos al festín! -La risa maniaca de Abindhar retumbó por encima del sonido de la batalla, después emitió un grito enseñando los pocos dientes amarillentos que le quedaban y estirando su bastón hacia delante, los esqueletos rodearon por completo la formación de alabarderos y comenzaron a luchar con más fuerza.

-¡Necesito acercarme más Piers! Solo nos separan unos cuantos esqueletos, aprieta joder.

-¡No podemos llegar Wufrick! Ya no tenemos fuerzas.

-¡Hombres! Solo os pido un último esfuerzo, ¡empujad!- No pudieron moverse.

-¡Sois patéticos! Me dais risa -Abindhar bailaba sobre su roca, se divertía como un niño.

Wufrick gruñó y acabó con dos esqueletos más. Empujad, gritaba, miraba hacia Abindhar, le daba asco, estaba blindado de esqueletos aún, no podía acercarse a él. Escuchó un grito a su lado, un esqueleto había atravesado el pecho de Piers con su espada, al instante varios esqueletos aprovecharon el momento para clavar sus espadas también en el pecho de Piers. La furia invadió a Wufrick, derribó con su escudo a un esqueleto y empaló a otro, dos más aparecieron para tapar los huecos que habían dejado. Sus hombres seguían muriendo.

Las carcajadas de Abindhar retumbaban en su cerebro e iban a hacer que se volviera loco, los hombres que lo acompañaban se reducían a una decena en estos momentos. Wufrick no se daría por vencido pero veía su final muy cerca, todo el ejército había sido aniquilado con seguridad, excepto ese cerdo de Radomir que había salido corriendo, ojala pudiera tenerlo delante para acuchillarle la cara. La furia contra Radomir le dio una idea, era su última carta e iba a usarla.

Abatió a un esqueleto más, lanzó su espada al aire y la cogió por la hoja, la llevó hacia atrás y se cubrió con el escudo.

-¿Qué intentas estúpido, te has olvidado de luchar? -Abindhar se burlaba de él.

Wufrick emitió un gruñido que le salió del alma, alzó la espada y la lanzó con las últimas fuerzas que le quedaban hacia la cara de Abindhar, éste la vio volar hacia él sorprendido y reaccionó, conjuró un hechizo rápido para hacer envejecer la espada y transformarla en polvo. Lo logró y el hechizo comenzó a oxidar el arma, pero esta siguió su trayectoria, no pasó el tiempo suficiente y la espada a medio oxidar se clavo en la frente de Abindhar, el hechizo se completó y la espada se convirtió en polvo dejando un gran agujero en la cabeza de Abindhar de el cual salía un líquido verde, después cayó de la roca como un muñeco de trapo.

Wufrick jadeaba y se cubría de todos los golpes que le llovían, ya solo quedaba él, todos sus hombres habían muerto, todo el ejército había sido destruido. De pronto los golpes cesaron, los esqueletos pararon y comenzaron a desmoronarse, algunos aún se seguían moviendo, pero más despacio. Era su única oportunidad, Wufrick embistió con el escudo a los que aún se mantenían de pie y creó una salida a empujones, cuando salió de la marabunta de cadáveres respiró hondo y miró hacia atrás, aún quedaban miles de muertos vivientes, no perdió más tiempo, corrió hacia el campamento en busca de un caballo.

 

-Es impresionante Conde, sí esto es cierto, y no dudo de que lo sea, se merece el más grande de los honores, tanto usted como todos los que lucharon en Teliafae -dijo Garret.

-Mi señor, seguramente aún quedan muertos vivientes en la zona, debemos actuar de inmediato.

-No está usted falto de razón, actuaremos ya mismo, por supuesto -se levantó, llamó a Rupert.

Bogdan miraba con recelo a Wufrick. Habló mientras juntaba sus dedos y miraba hacia la ventana.

-Sin embargo, no deberíamos dejar sin castigar el delito que usted ha relatado y cometido, Conde Wufrick-.

Wufrick lo miró sorprendido y airado ¿qué delito, de que hablaba?

-¿Aún no se ha dado cuenta?, usted ha cometido una de las infracciones más deshonrosas que puede cometer un soldado. Ha dejado caer el estandarte de batalla del ejército, y lo que es peor, viene aquí pavoneándose de ello.

Le dieron ganas de estrangularlo allí mismo y tirar su cadáver por la ventana, ahora lo comprendía, estaba claro, Bogdan era un Archilector, seguramente conocía a Radomir, él había llegado antes y se lo había contado todo, lo único que querían era deshacerse de él, era el único testigo de lo que había pasado en Teliafae, el único que había visto huir a Radomir como un cerdo. Acababa de empezar otro tipo de pesadilla para Wufrick.

Nota del Autor: Relato basado en el mundo de Warhammer.

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